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historia del arco coincide en la práctica con la vida misma
de los distintos pueblos, configurándose poco a poco, desde
un instrumento de caza, hasta un arma ofensiva. Y desde la prehistoria
hasta nuestros días (aunque sea para un uso meramente deportivo)
el arco ha tenido su lugar en cada civilización.
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El
primer material de construcción, como no podía ser
de otra manera, fue la madera. El hombre primitivo sumergía
las fibras en agua y después las endurecía con fuego,
proceso que le facilitaba gran dureza y curvatura.
Puede decirse que el asirio fue un pueblo de arqueros. Fabricaba
arcos en madera o bronce, de forma angular, grueso y corto y debidamente
forjado y trabajado.
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Tampoco
olvidamos los míticos arqueros egipcios que desde sus carros
de guerra, altos y ligeros, disparaban sus flechas alcanzando
una distancia notable y cierta potencia.
Si
contamos esto es porque el arco fue en su origen un arma típicamente
oriental. Serían los griegos con su arco corto y, sobre
todo, los normandos, los que sembrarían el arco por toda
Europa en la Edad Media En esta época, que es la que nos
interesa, diremos que los primeros en experimentar el arco fueron
los franceses, durante el asedio a París pero su uso más
destacado se produciría un poco más tarde, en 1066,
cuando Juan el Conquistador basó su triunfo sobre los sajones
gracias al empleo de divisiones de arqueros.
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La
técnica revolucionaria fue la de los “lanzamientos
parabólicos” ya que a la velocidad inicial del tiro,
se añadía la caída por la gravedad, perforando
con mayor facilidad yelmos y corazas, sembrando así la
muerte.
En
este punto, merece un tratamiento especial el arco largo.
Arma favorita de los ingleses, suele estar fabricado preferentemente
en madera de tejo italiano o limonero, y puede llegar a ser tan
alto como un hombre erguido.
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Combina
a la perfección la flexibilidad con la potencia, por lo que
puede ser transportado en la espalda con toda comodidad y convertirse
en un arma mortífera a larga distancia. La mayoría
de los cazadores medievales, bien fueran vasallos, escuderos o incluso
caballeros eran diestros en el manejo del arco; guardaban sus flechas
en carcajs que colgaban de la silla de sus caballos o bien sobre
la espalda, colocando las flechas clavadas en el suelo y tomándolas
directamente de allí cuando debían enfrentarse a un
enemigo que avanzara hacia ellos (de ese modo, la mano se adelantaba
y no debía buscar a ciegas en la espalda del arquero). |
| Aun
así, el arquero medieval se solía completar portando
a su vez tanto una espada corta como un casco metálico.
También el arco ha movido a la leyenda y no son pocos los
personajes que se han distinguido en cuentos y fábulas por
haber ligado sus gestas a la habilidad con la que manejaban tal
arma.
El más legendario tal vez sea Robin Hood, cuyas hazañas
se narran en las más famosas bañadas populares inglesas.
Era el prototipo de “bandido generoso”, valeroso, generoso,
leal, respetuoso con el honor y la soberanía pero enemigo
de poderosos, usurpadores e hipócritas. Pero, sobre todo,
de una intrepidez excepcional en el tiro con arco.
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Paris,
Ulises, Robin Hood o Guillermo Tell, son tal vez los principales
personajes en los que la historia y la leyenda se entremezclan y
confunden en la exaltación del arco, símbolo de valentía
y fuerza. |
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