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Sin
duda podemos iniciar este análisis diciendo que la necesidad
fue la que creó este arma y es que la guerra exigía
un arco más potente, capaz de perforar las cada vez mejores
protecciones metálicas de los caballeros. Las soluciones
pasaban por el arco compuesto o el arco largo pero las dificultades
técnicas de construcción del primero y los diez
o quince años necesarios para entrenar a un arquero competente
para el segundo, favorecieron la búsqueda de una alternativa.
Así, la solución fue la ballesta. |
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Aparece aproximadamente en el siglo X, en la
guerra de asedio en el Norte de Francia y rápidamente se
extendió por Europa. Tal vez los normandos ya la empleaban
en 1066, asombrando a los bizantinos en 1096 que desconocía
por completo este arma.
Las
primeras ballestas medievales eran artefactos muy primitivos.
Se tensaban apoyando el arco, de tipo simple, en el suelo y sujetándolo
con los pies, al tiempo que con las dos manos se tiraba de la
cuerda hasta sujetarla en la muesca de un primitivo disparador
en forma de palanca que empujaba la cuerda, liberándola.
Ya en la segunda mitad del siglo XII, las ballestas eran lo suficientemente
potentes como para que se pudieran tensar con la mano, con lo
que se tuvo que introducir el estribo, una pieza sujeta a la cureña
en el que se introducía el pie para sujetar el arco. Enseguida
aparecieron sistemas mecánicos para tensar la cuerda basados
en el principio del torno.
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Por
otra parte, la ballesta era considerada un artefacto para cobardes.
El desprecio de la aristocracia por el arma propulsada a distancia
llega hasta el Renacimiento y aunque la Iglesia el Imperio trataron
de prohibir su empleo, su potencia y su fácil manejo hicieron
que se propagase por toda Europa en los siglos XIII y XIV. |
De
esta manera, hay que señalar que la ballesta fue utilizada
normalmente por mercenarios, a menudo de origen italiano, de donde
procedía la madera de tejo que se consideraba la más
apropiadas para la construcción de los arcos, si bien se
señalan hasta cinco tipos de madera para su finalización.
Otra
de las ventajas de la ballesta la encontramos en sus proyectiles,
ya que empleaba dardos (virotes, cuadrillos) más cortos,
de cabeza piramidal maciza que eran más baratos y perforantes.
El dardo de verga metálica podía atravesar corazas
inaccesibles para un arquero.
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Sin
embargo, su desventaja residía en el largo tiempo que
se necesitaba para cargarlas, que hizo a menuda necesaria la
asistencia de un escudero portador de un escudo ligero para
proteger al ballestero mientras éste recargaba laboriosamente
su arma a una cadencia de unos dos a cuatro disparos por minuto,
frente a los diez o quince de un arquero experto. Y pese a lo
que suele creerse, el alcance de una ballesta no era superior
al de un arco largo o un buen arco compuesto pero como decimos,
con una mayor capacidad de perforación. Las ballestas
serían ya desde el siglo XIII elementos habituales no
sólo en asedios sino en batallas terrestres o navales.
Retomando lo anterior, para la nobleza
cristiana y para la Iglesia de Roma la ballesta fue un arma
despreciada cuando no maldita, no en vano una de sus representaciones
más antiguas en la iconografía era en manos de
un demonio.
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En
efecto, para un noble entrenado desde la infancia en el arte de
la guerra, protegido con un costosísimo armamento defensivo,
era intolerable la posibilidad de ser vencido o muerto no por
un igual sino por un plebeyo escasamente adiestrado, cobarde por
definición y desde una distancia tal que era imposible
la mera defensa.
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De hecho, mientras que un caballero capturado
era normalmente respetado por sus pares, por solidaridad de clase
y para conseguir un rescate, los arqueros y ballesteros eran masacrados
como asunto de rutina e incluso los nobles de un ejército
podían aplastar con los cascos de su caballo a sus propios
ballesteros si se interponían en su camino. De
ahí que el Segundo Concilio de Letrán prohibió
el empleo de la destreza mortífera de arqueros y ballesteros
pero, eso sí, sólo contra otros cristianos. Evidentemente
estas prohibiciones serían ignoradas desde un primer momento
sin que surtiesen efecto alguno.
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