Espadas
Sin duda, es el arma por excelencia del caballero. Constaba de dos partes más una tercera: la empuñadura, la hoja y la vaina.

La empuñadura consta a su vez de una serie de partes. Puño, para sujetarla con la mano, guardamano, que cubre la mano de los golpes del contrario y pomo (nota: el pomo suele ser más grueso de lo que aparenta en las ilustraciones). Además, el acabado del guardamano podía ser muy diverso (recto, retorcido, etc.) formando así la cruz.

La hoja medieval solía ser larga, de doble filo y acabada en punta, que incluso podía ser utilizada para empalar.

La vaina era el sostén para el arma del caballero y solía ser de cuero o metálica.

El simbolismo estuvo muy presente en este arma durante toda la época medieval. Podía tener forma de cruz cristiana o describir en ella las virtudes del caballero. Pero remontándonos mucho más atrás en el tiempo podemos ver que las primeras espadas aparecieron en Europa en la Edad de Bronce, espadas que fueron confeccionadas como armas de punta y con hoja de sección triangular.

En nuestro país, desde la época prerromana, existían las falcatas, de hierro, algo curvadas y de buen temple pero tal vez la que más trascendió fue el gladius hispaniensis, que, como sabemos, fueron adoptadas posteriormente por la legión romana.

A partir del s. VI y hasta el X se vuelve a la espada larga con doble filo, ligera de peso y con punta redondeada. Sin embargo, esto cambiaría al generalizarse las armaduras de placas ya que para poder atravesarlas por medio de tajos o estocadas a través del arnés, se hacía necesario que las espadas ganasen en robustez con lo que aumentaba también su peso.

En el s. XVI la espada vuelve a ser ligera haciendo olvidar a los espadones o mandobles y ya en el XVII se usó la espada de hoja ancha y plana, de un metro aproximadamente de largo y de punta aguda.

A finales del s. XVIII, tras la imposición de la bayoneta en los ejércitos, fue desplazada poco a poco hasta la generalización definitiva del sable.

En España, durante la Edad Media (y extendiéndose también hasta el Renacimiento) las industrias de la espada más famosas por su temple estuvieron en Calatayud, Mondragón y, sobre todo, Toledo. Se cuenta que a Toledo llegaban artesanos de toda Europa, e incluso de Oriente, para aprender los secretos de sus inimitables hojas. Sin conocimientos técnicos, ni instrumentos capaces de medir las temperaturas, los maestros artesanos precisaban el punto exacto del temple por el color del acero candente, su olor, el tiempo de inmersión en el agua y hasta por medio de oraciones, versos o coplas alusivas al oficio.
Tal vez la espada más conocida en nuestro país, ya que ha pasado formando parte de la leyenda, ha sido la Tizona del Cid Campeador. Según ha trascendido hasta día de hoy, la Tizona era mucho más que una espada para el noble caballero. Esto es así no sólo porque la leyenda nos cuente que formase la imagen sagrada de la cruz sino porque, además, las crónicas también relatan que el Cid fue enterrado junto a su espada con lo que podemos apreciar lo mucho que significó realmente para él.