Lanzas

Desde tiempos de los macedonios, la lanza ha tenido un puesto siempre presente en la armería de los ejércitos. Su longitud ha sido muy variada y ha oscilado entre los 2 y los 4 metros, como la sárisa de los macedonios.

Ya en Roma, se emplearon la lanza etrusca, larga y pesada, y el conocido pilum, arma ligera y arrojadiza.

En cuanto a su composición, la lanza tiene dos partes. La llamada asta, que es la vara de madera, y el hierro, que sirve para herir al contrario y que se sujetaba por medio de abrazaderas.

Pero donde tuvo plena vigencia fue en la Edad Media, siendo un arma característica del caballero, que, a veces, se consideraba más importante que la espada.

La lanza se suele llevar vertical, pero para dar un golpe, se pone horizontal y se sujeta debajo de la axila derecha, lo que permite dominar el equilibrio del arma y apuntarla con eficacia hacia el blanco.

Desde este momento, la lanza adquiere una primacía singular, ya que fuera de su golpe viene impulsada por caballo y caballero galopando, conjunto del cual forma parte integrante.

Antes de esta táctica, los caballeros tomaban la lanza por la mitad y golpeaban levantando el brazo por encima de la cabeza o bien asestaban el tiro de abajo arriba, lo que en ambos casos era muy poco eficaz.
La nueva táctica supuso, naturalmente, un gran refuerzo en el arzón trasero, que se hizo alto y con prolongaciones que encerraban las nalgas y flancos del caballero, a fin de hacer más difícil ser derribado por un buen golpe de lanza.

La lanza también era utilizada como arma arrojadiza y así como instrumento para cazar.

Los caballeros jóvenes practicaban, como deporte y entrenamiento, el manejo de la lanza y la utilizaban en la guerra. Asimismo, se utilizaba también en las competiciones corteses, justas y demás combates singulares.

A modo anecdótico, diremos que estos torneos también eran constantes y encubrían muchas veces viejas rivalidades. A pesar de su enorme popularidad, las turbulencias y excesos cometidos en los torneos, tan violentos que no cabía distinguirlos de un auténtico choque armado, determinaron su prohibición por la Iglesia en el Concilio de Clermont (1130).