El final de la Reconquista

La toma de Granada (II)

En 1491 el rey Don Fernando comenzó el asedio de Granada. Durante los meses de verano construyó una pequeña población fuera de la ciudad, indicando su intención de continuar el asedio a lo largo del invierno. La situación de los musulmanes sitiados se hacía más desesperada a medida que pasaba el tiempo.

Por fin, después de siete meses, se habían acabado prácticamente las provisiones de Granada y estando a mediados del invierno no había perspectiva de alivio. El constante asedio de la capital y su consiguiente aislamiento y el descontento popular frente a las miserias del asedio, las hambres y las enfermedades, obligan a Boabdil a rendirse.

Llegado a este punto, el rey de Granada, Abu Abdullah, decidió hacer un tratado con los cristianos y el 28 de noviembre de 1491, tras largas negociaciones de Gonzalo Fernandez de Córdoba, El Gran Capitán, con los granadinos, se llegó a un acuerdo de rendición de la ciudad. A Boabdil se le reconocía el gobierno independiente de un pequeño territorio en las Alpujarras, mientras que los habitantes de Granada quedaban en libertad de emigrar a África o de quedarse en España, siéndoles respetadas sus propiedades, idioma y religión.

Sería el 2 de Enero cuando los Reyes Católicos tomarían posesión de Granada. Al salir el sol resonaron por la vega de Granada tres cañonazos disparados en la Alhambra. Era la señal convenida para que los reyes de Castilla y Aragón saliesen de Santa Fe a tomar posesión de la ciudad. Y así lo cuenta Don Enrique de Aguilar:

El ejército español, vestido de gala, avanzó grave, silencioso, con la alegría en el corazón, por la Vega hasta llegar a las puertas de Granada. Sin entrar en ella, porque la caridad de la reina quiso excusar a sus afligidos habitantes esta gran tristeza, allí se detuvo.

El Cardenal Mendoza con tres mil infantes y algunos escuadrones de caballería se destacó del ejército, atravesó el Genil y subió por la Cuesta de los Molinos a la explanada de los Mártires.

Allí le esperaba el rey Boabdil a pie rodeado de numerosa servidumbre. Apeóse el Cardenal, hablaron ambos unos instantes y éste le ofreció su magnífica tienda en el Real de Santa Fe para que en ella se alojase el tiempo que estuviere. Los dos reunidos bajaron después a la margen del Genil donde les esperaba el rey Fernando. Triste y conmovedora ceremonia cuando el rey moro entregó las llaves de la ciudad.
Boabdil avanzó después adonde estaba nuestra incomparable reina, que le recibió con semblante bondadoso y señales de emoción, entregándole el hijo que teníamos en rehenes hasta el cumplimiento del compromiso y ordenando que una lucida escolta de caballería escoltase al desgraciado moro hasta los reales de Santa Fe, donde se le había preparado espléndido hospedaje.
Mientras tanto el Gran Cardenal y su comitiva entraron en la Alhambra y ocuparon el palacio y la fortaleza. Se tardó en esta ocupación más de lo que se presumía. La reina Isabel, con los ojos puestos en las torres de la Alhambra, esperaba impaciente la apetecida señal. Vivo recelo atormentaba su corazón. ¿Habría ocurrido algún suceso que retardase la entrega? Por fin la cruz de plata brilló en lo alto de la torre de la Vela.La reina cayó de rodillas y lágrimas de alegría surcaron sus mejillas. Todo su acompañamiento cayó también y las lágrimas bañaron igualmente aquellos rostros atezados por la intemperie y los trabajos.