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Desplegadas
así las líneas, alzadas las manos al cielo, puesta
la mirada en Dios, dispuestos los corazones al martirio, desplegados
los estandartes de la fe e invocando el nombre del Señor,
llegaron todos como un solo hombre al punto decisivo del combate.
Los primeros en entrar en lid en la formación de Diego
López de Haro fueron su hijo y sus sobrinos, valerosos
y decididos.
El terreno favorecía a
los musulmanes, que estaban en alto. Los cristianos llegaban a
ellos cansados por la cabalgata y desorganizados por los previos
encuentros. |
Por
otra parte, las tropas que los esperaban eran de mejor calidad
que las de vanguardia. No sólo rechazaron el ataque fácilmente
sino que contraatacaron pendiente abajo con gran grita y ruido
de los tambores de la zaga y obligaron a los cristianos a ceder
terreno. Las tropas de los concejos comenzaron a desmayar, la
situación no podía sostenerse ni siquiera con los
refuerzos que llegaban de la segunda línea de los cruzados.
Fatalmente la vanguardia cristiana se había desorganizado
y desmoronado ante el empuje almohade. |
El
noble Alfonso, al darse cuanta de ello y al observar que algunos,
con villana cobardía, no atendían a la organización,
dijo delante de todos al arzobispo de Toledo: “Arzobispo,
muramos aquí yo y vos”. Y en todo esto, el noble
rey no alteró su rostro ni su expresión habitual
ni su compostura, sino que más bien, tan bravo y resuelto
como un león impertérrito, estaba decidido a morir
o vencer. Y no siendo capaz de soportar por más tiempo
el peligro de las primeras líneas, apresurado el paso,
las enseñas de los estandartes llegaron jubilosamente hasta
el palenque de los almohades por disposición del Señor. |
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La
cruz del Señor, que solía tremolar delante del arzobispo
de Toledo, pasó milagrosamente entre las filas de los agarenos
llevada por el canónico de Toledo Domingo Pascasio, y allí,
tal como quiso el Señor, permaneció hasta el final
de la batalla sin que su portador, solo, sufriera daño
alguno.
Se cargó al frente de la
tercera línea para socorrer a los que estaban batallando
en la ladera del palenque del Miramamolín. Al propio tiempo,
sincronizando su movimiento con el del cuerpo central, entraban
en combate las reservas de las alas, al mando de los reyes de
Aragón y Navarra. Tal como se había planteado el
encuentro del lado cristiano, esta carga tenía que ser
la última y decisiva. De que fuese capaz de perforar todo
el dispositivo almohade dependía la suerte final de la
batalla. Si era frenada y perdía su conexión hasta
verse infiltrada y desorganizada por los elementos ligeros musulmanes,
como había ocurrido con los destacamentos precedentes,
era seguro que la nueva derrota dejaría en mantillas al
desastre de Alarcos.
La carga de los tres reyes enfiló
su objetivo y cruzó el campo de batalla sin perder cohesión:
con su ímpetu inicial apenas mermado llegó al palenque
del Miramamolín. De aquel momento supremo y verdaderamente
decisivo del combate apenas tenemos noticias fiables. Fuentes
tardías sostienen que fue Sancho el Fuerte de Navarra el
primero en romper las cadenas y pasar la empalizada, lo que justifica
la incorporación de cadenas al escudo de Navarra, pero
el caso es que las cadenas y palos ardiendo aparecen en los escudos
nobiliarios de muchas casas que podrían blasonar igualmente
de la hazaña. Lo más probable es que la empalizada,
directamente atacada en toda su extensión, fuese penetrada
simultáneamente por varios lugares.
El
degüello dentro de la fortificación del Miramamolín
fue terrible. Pero lo que sucedió al enfrentamiento no
fue menos terrible que el propio combate.
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La caballería cristiana, dispersa en pequeños destacamentos,
prosiguió su carrera alanceando y derribando a los fugitivos.
La cifra de bajas almohades fue tan crecida porque en el alcance
perecieron casi tantos hombres como en el combate propiamente
dicho.
Sofocada toda resistencia almohade,
los cruzados se precipitaron sobre el bien abastecido campamento
enemigo, ya arrasado y en completa confusión, en busca
de objetos valiosos, oro, plata, seda y vestidos, además
de armas, caballos y vituallas. De todo hallaron en cantidad (exagera
probablemente el cronista) que, aunque cada uno tomó lo
que quiso, dejaron todavía más de lo que cogieron.
Mientras tanto, el arzobispo de Toledo y los otros obispos y clérigos
que acompañaban a la expedición entonaron el Te
Deum Laudamus en el mismo campo de batalla, en acción
de gracias por la victoria. |
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