Aquelarre
 
Alicante - Castillo de Guadalest
Pocos son los restos que se conservan de este castillo de Guadalest a pesar de su ubicación dentro de un ruinoso castillo y rodeado de precipicios borrascosos. Una única entrada tenía el recinto fortificado. Además de esto: el portón (abierto en la grieta de una roca, al final de una rampa), un túnel de quince metros (entre el castillo propiamente dicho), el palacio de los Orduña y una iglesia eran todo el conjunto. Pero muchos son los acontecimientos que allí se sucedieron.
Lo primero a señalar es que el castillo de Guadalest fue antes alcázar árabe. Lo conquistó Don Jaime I de Aragón a fines del siglo XIII, dándoselo a la familia Sarriá, que lo poseyó hasta el año 1335. En esta fecha se lo apropió l infante Don Pedro de Aragón para sí y sus descendientes, entre los cuales cuenta una duquesa, doña Juana, casada con el vizconde de Cardona, Juan Folch, de cuyo matrimonio descienden los mayorazgos de Guadalest.
Pedro IV el Ceremonioso fortificó el castillo con cuatro torres y dos lienzos de mampostería con saeteras, en defensa de unas probables invasiones musulmanas. Hacia 1526 se sublevaron, dentro de la fortaleza, dos centenares de hijos del Profeta para protestar del bautismo obligatorio o la expatriación. Lograron apoderarse de los rebeldes de la torre vigía, y en ella se defendieron durante más de tres meses.

En 1609, el patriarca valenciano Juan de Ribera aconseja al rey Felipe III la expulsión de unos moriscos que servían al marqués de Guadalest. Se resisten los moriscos, amparados, quizá, secretamente, por su señor. Sometidos al cabo de un tiempo, fueron expatriados a África y Felipe III creyó oportuno compensar al marqués con varios privilegios para la repoblación de cristianos del señorío.

En 1644 un terremoto destruiría la parte cristiana, templo y sepulturas, de la fortaleza y otro en 1748 terminó de echarlo abajo.

Como enormes y encantados centinelas, las rocas rodean al cerro sobre el que se asienta el castillo de Guadalest. Jaime I, según frase propia, tuvo que poner alas sobre la cota de malla de sus guerreros para poder asaltar la fortaleza. Como un alcázar de humo en las alturas, siempre se teme que un vendaval lo arranque de su roquera.
Hoy sólo podemos ver las blanqueadas campanas, un aljibe (que presenta al osario) y sobre un trozo de muralla se enfila una cadena de serranías desinfladas en la mar, así como el eterno precipicio.
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