Aquelarre
 
Almería - Castillo de Vélez-Blanco
Esta imponente fortaleza renacentista, catalogada como castillo-palacio, comenzó a construirse en el año 1506, sobre las ruinas de un castro romano y una alcazaba musulmana, de la que aún quedan algunos restos. Las obras de construcción terminaron en 1515, conociendo a partir de esta fecha un proceso degenerativo causado por el tiempo, el abandono y operaciones comerciales especulativas que, ya en el siglo XX, sustrajeron a Vélez-Blanco de uno de sus más emblemáticos elementos decorativos: el patio renacentista interior, que fue trasladado a Estados Unidos.
Situado en las estribaciones de la Sierra de María se encuentra la villa que fue cabeza del marquesado de los Vélez. El castillo, que la domina desde una escarpada colina, fue realizado por artistas italianos. La construcción es de piedra de sillería y posee una planta en forma de hexágono irregular, que se estrecha en su extremo Norte. Sus muros, de gran altitud, se hallan flanqueados por torres con almenas reales, es decir, decoradas por parejas de esferas. En la parte norte de la muralla existía una poterna de bronce de más de 20 centímetros de espesor, decorada por una corona de laurel, la cruz de Santiago y en el centro, el escudo de armas de los Fajardo, familia a la que pertenecía el propietario del castillo.
Destaca en el conjunto de la fortaleza la torre del homenaje, a la que anteriormente estuvo adosado un edificio exterior con un puente levadizo, que hoy en día ha desaparecido. Tras la entrada al castillo se encuentra el Patio del Honor. De forma cuadrada y galería superpuesta de arcos rebajados, se apoyaba en columnas cilíndricas de mármol de Carrara. Poseía también ocho ventanales (cuatro en cada cuerpo del edificio) superpuestos y de estilo plateresco, con blasones y decoración vegetal. Los blasones alternaban los emblemas de los apellidos de los Fajardo, Chacón, Lacueva y Silva, antecesores del fundador del castillo, don Pedro Fajardo, con los de sus esposas.
La riqueza y suntuosidad de este patio ha sido atribuida al cantero y escultor Francisco Florentino, colaborador de Siloé en las obras de Granada. No se puede, sin embargo, contemplar hoy en día este bello ejemplo decorativo renacentista, ya que en el castillo tan sólo se conserva algún fuste de columna y una gárgola que representa la Fecundidad. En su mayor parte, el citado patio no se encuentra en España, sino en el Museo Metropolitano de Nueva York.
Pese al aspecto italianizante del conjunto, el castillo de Vélez-Blanco posee en su decoración evidentes muestras de inspiración castellana, tales como los escudos de armas, que se encuentran adosados a la fachada, los techos de madera y los artesonados interiores, elementos que desgraciadamente fueron trasladados a principios del siglo XX fuera de España, tal y como comentábamos más arriba.
La historia de la villa de Vélez-Blanco se halla íntimamente unida a la posición estratégica en la que se asienta, junto a la Sierra de María. Ya desde la Antigüedad contaron sus cerros con un puesto fortificado de vigilancia que, en época musulmana fue habitada por una guarnición permanente. Pero no fue hasta el siglo XVI, cuando la villa y su tierra pasaron a formar parte del patrimonio de Pedro Fajardo, por permuta con sus posesiones de Cartagena, cuando comenzó a construirse el castillo que actualmente contemplamos.
Fueron los artistas Francisco Florentino y Martín Milanés los artífices de esta construcción, que supone un claro ejemplo de arquitectura civil del siglo XVI, en la que se conjugan los dos elementos imperantes en esta centuria: el militar y el palaciego. Debemos al primero de ellos, al maestro italiano Francisco Florentino (1480-1522) la traza y los relieves decorativos del patio renacentista del castillo, que siguen esquemas establecidos en el Códice de El Escorial.
Pero si durante el siglo XVI, el castillo de Vélez-Blanco vivió los momentos de esplendor que sus recios muros reflejaban, al final de esa misma centuria se inició una larga etapa de abandono en la que sus pérdidas arquitectónicas fueron considerables. Sin embargo, su deterioro actual no se debe tanto a la acción del tiempo como al resultado de incomprensibles operaciones comerciales que llevaron a sus propietarios a vender, a comienzos del siglo XX, los elementos arquitectónicos más valiosos del castillo. La mayor parte de las columnas, ventanas y estatuas fueron adquiridas por un decorador francés.
Tampoco el suntuoso Patio del Honor, con decoración renacentista en mármol de Carrara, se libró de este expolio, no encontrándose ya en el interior del castillo, sino que fue vendido y trasladado a la Casa Blumenthal de Nueva York, para pasar, más tarde, al Museo Metropolitano de la misma ciudad, en donde ha sido expuesto respetando la misma disposición decorativa y arquitectónica que tuviera en origen.
Con excepción de Francisco Florentino y Martín Milanés, constructores y decoradores del castillo, el personaje más relacionado con Vélez-Blanco es, sin duda, don Pedro Fajardo, adelantado de Murcia durante el reinado de los Reyes Católicos. Queriendo éstos incorporar a la Corona de Castilla la ciudad de Cartagena, que pertenecía en señorío a la familia Fajardo, le ofrecieron la oportunidad de permutarla por las villas de Vélez-Blanco (antes Veled-Albiad) y Vélez-Rubio (localidades fronterizas al reino de Murcia, con población mudéjar).
Aparejada a esta permuta estaba el uso y disfrute del marquesado de los Vélez con las villas y rentas que conllevaba. Realizada la permuta en 1503, Pedro Fajardo no tardó en desear la construcción de un castillo que comenzó a edificarse tres años después sobre las ruinas de un castro romano y una alcazaba musulmana.
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