Aquelarre
 
Mallorca - Castillo de Bellver

El castillo de Bellver es todo un símbolo del poder del rey Jaime II de Mallorca, quien ordenó su edificación durante la efímera vida de este reino insular (1276-1349). Para su construcción se contó con el arquitecto mallorquín Pedro Salvá, quien finalizó las obras alrededor del año 1310 y trabajó conjuntamente con el pintor Francisco Cabalti, autor de la pintura interior de la fortaleza.

Su aspecto exterior es más palaciego que militar, alejándose de la estructura de fortaleza que conocemos de otros castillos peninsulares, pese a que su aspecto cerrado le confiere también aspecto defensivo.

Circular es su planta y su patio, en torno al que se articulan diversas dependencias precedidas por una bella arquería gótica. Circulares son, igualmente, sus tres torres y los cuatro garitones que posee, así como la torre del homenaje, separada físicamente del cuerpo principal del castillo y a la que se accede por un puente de arco ojival.

Todo el conjunto descrito se encuentra elevado sobre una plataforma a la que se llega atravesando un puente fijo sobre un foso y un puente levadizo sobre el contrafoso. La torre del homenaje es de gran altura, unos 15 metros sobre la plataforma, y rematada por 38 modillones almohadillados.

Su interior es sombrío y posee una cámara subterránea cuyo acceso se realiza a través de un agujero circular en la parte superior, que se obstruye con una tapadera de piedra. Este lóbrego lugar estaba destinado a calabozos y es conocido como "la Hoya". La galería circular interior se compone de 21 grandes arcos y doble número de columnas octogonales.

Son muy numerosos los personajes que han mantenido una relación directa con el castillo de Bellver. Lo habitó Jaime III, rey de Mallorca y artífice de la construcción del castillo en el que fijó su residencia. Una vez derrotado por Pedro IV de Aragón, éste último soberano habitó la fortaleza tras su coronación en Palma. Dentro de este grupo de reales habitantes de Bellver entrarían también Juan I y doña Violante de Aragón, cuyos gustos por las artes escénicas les llevaron a convertir el castillo en escenario de fiestas, danzas y sesiones poéticas.

Su historia posterior le convirtió primero en punto de reunión de condenados a galeras y, más tarde, en hospital de enfermos de peste.

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