Aquelarre
 
Segovia - Castillo de Turégano

Con el Guadarrama de fondo, el castillo de Turégano se convierte en una estampa épica de belleza incomparable.

Junto a los de Pedraza, Cuellar, Coca y Sepúlveda, el de Turégano entra a formar parte como una de las fortalezas más antiguas de la Carpetania.

Son pocos los restos que aún se conservan en pie pero podemos deducir que nuestro castillo estuvo circundado por un grandioso foso, hoy desaparecido casi por completo. Estuvo ceñido por todos sus lados por una barbacana almenada con cubos en los ángulos y numerosas torres así como por recios lienzos de murallas de más de tres metros de espesor.

Se conserva una cuadrada mole de piedra, con saeteras en forma de cruz, culminada de matacanes, canecillos, alminares y bolas, con tres torreones a cada lado.

A través de un arco emblemado con el escudo episcopal y defendido por dos torres, llegaremos a la iglesia, erigida en el siglo XIII: bóvedas macizas levemente apuntadas, ojivas desnudas y ciertos capiteles bizantinos.

El castillo de Turégano tiene antecedentes remotísimos y así lo proclama la verdad de la heráldica. Por disposición del primer conde independiente de Castilla, Fernán González, que lo había rescatado a la morisma, su hijo erigió la primitiva fábrica: Turris vega.

Alfonso VII, disgustado por los amoríos de su madre con el conde de Lara, lo cedió a la villa de Segovia.

Juan II rescató para sí villa y castillo, y en éste tuvo muchas e importantísimas entrevistas de índole política con don Álvaro de Luna pero... era la época del obispo Gelmírez, del obispo Fonseca, del obispo Acuña y del indomable y fiero obispo don Juan Arias Dávila, un tiempo donde la cota de malla estaba colocada en el pecho por encima del sencillo hábito. Y sería este último quien daría orden de colgar de la almena más alta al enviado del rey Enrique IV, que tenía como misión llevarse consigo al obispo, de grado o por la fuerza.
También se cuenta que en esta fortaleza fue recluido Antonio Pérez, el famoso secretario de Felipe II. Sería descubierto en sus amores con la princesa de Eboli y confinado allí por el monarca.

Volvió a pasar a manos de los prelados segovianos en el siglo XVI, hasta que Carlos III, definitivamente, lo dio a la Corona.

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