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Valencia
- Castillo de Sagunto |
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El
cerro saguntino, atalaya que vigila y enseñorea en
el llano valenciano, fue para los árabes posición
estratégica importantísima. En realidad no
se conoce a este castillo por con nombre de Sagunto sino
que se le suele llamar Murviedro, esto es: muro viejo. Játiva
al sur, Murviedro al norte, fueron las dos defensas de Valencia.
Puede afirmarse con toda seguridad que la fortaleza árabe
se erigió sobre la hermosa cimentación de
los que debió ser romano. Muy destruido está
el castillo de Murviedro a Sagunto, pero todavía
se puede comprender fácilmente la hermosura y sensación
de sus días.
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Se componía de cinco plazas; la
de Hércules, la de la Almenara, la del Estudioso, la
de la Magdalena y la del Espolón. Varios lienzos de
murallas, puertas fuertes, torreones, arcadas bajas, los separaban
entre sí. Incluso fueron descubiertos, en el sector
mural del norte, los cimientos de un antiguo templo pagano.
Al castillo se llega por una amplia carretera de quinientos
metros; en un tiempo, una serie de anillos murales, con cubos
y torres, bajan desde el castillo hasta cerca de la ciudad,
a la manera de las místicas urbes de Castilla.
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La
puerta principal, de triple hoja, y el puente levadizo, modelo
de los más bellos, se han conservado casi intactos
hasta fines del siglo XIX. Y todavía asombran al curioso
los calabozos subterráneos, conocidos por el nombre
de “leoneras”; varios aljibes (uno de ellos colosal,
de dos naves de cincuenta metros de longitud y veintiún
pilares con cabida para veinticinco mil pies cúbicos
de agua pluvial), una puerta mudéjar, denominada “de
la Almenara”, y varios lienzos de soberbia sillería. |
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Cada cultura ha ido dejando en Murviedro
los detalles más extraordinarios. Ars romana, Alcazaba
musulmana y Alcázar cristiano, se acumularon en él
los alardes de mejor factura. Y desde la epopeya de Aníbal
hasta el movimiento restaurador de hace dos siglos, por este
castillo pasaron hombres o sombras de hombres, movidos con
fiera resolución, belicosas disposiciones, contiendas
y resistencias a sangre y fuego.
Íberos,
fenicios, griegos, jonios, edetanos, vivieron intensamente
entre estos muros ciclópeos cual los de otra misteriosa
Troya. Los árabes fueron quienes, indudablemente, convirtieron
el castro en ciudadela. Las antenas de murallas almenadas
lo manifiestan.
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Entre
la serie de valíes que lo gobernaron figura Ben Lebrun,
buen trovador y buen guerrero, que compró la protección
del Cid en seis mil dinares. Alfonso VI de Castilla lo incendió,
y Jaime I lo dio en señorío al infante Don Pedro
de Portugal. Pedro IV el Ceremonioso habitó y fortificó
este castillo.
La
“germanía” de Sagunto fue de las más
fuertes en el año 1522 y tuvo sus juntas y armó
sus hombres en una de las plazas de armas de la ciudadela.
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