La alimentación en épocas de crisis

Las diferencias observadas en la historiografía cristiana y musulmana sobre este punto afectan, en primer término, a los aspectos terminológicos. Las crónicas andalusíes no establecen una gradación tan nítida entre escasez alimentaria, carestía y hambre como las castellanas, ya que la mayor parte de los ejemplos relatan las penalidades sufridas en un determinado momento sin calificarlas de una manera específica, o cuando lo hacen utilizan el término qat (hambre extrema). No obstante, podemos decir que la carestía es una escasez alimentaria de tipo general, haya hambre o no, mientras que el término "hambre" describe episodios agudos de falta de alimentos; en consecuencia, sólo cuando se menciona explícitamente esta última se cita el consumo de alimentos sustitutivos y la aparición de epidemias.

En las fuentes árabes se especifican más los efectos que tienen estas crisis sobre el funcionamiento del mercado, mientras que en las castellanas se señalan éstos de una manera más general. Ello se debe a la mayor importancia y desarrollo del mundo urbano en al-Andalus, pero también a la visión que los narradores de esta época tienen de ella, la cual responde tanto a impresiones presentes como a otras heredadas. Si dejamos de lado estos aspectos, descubrimos la existencia de una identidad entre las causas, consecuencias y comportamientos alimentarios de musulmanes o cristianos, castellanos o europeos en períodos de carestía, y, en especial, una concordancia de sentimientos. Veamos cuáles son.
Los episodios de crisis suelen estar provocados en la baja Edad Media por dos causas: la guerra y los desastres de tipo climatológico. En este último caso la relación con la alimentación no siempre viene explicitada, pero se puede deducir sin dificultad. Sin embargo, al menos hasta que se produjo el uso indiscriminado de la artillería por parte de los castellanos, fueron las talas, las sustracciones de ganado y los cercos de ciudades los que trajeron peores consecuencias para la alimentación de ambas zonas. Ello explicaría en parte la semejanza de los comportamientos alimentarios en las dos zonas. Los "sitios" son los que más aparecen reflejados en las fuentes.
Uno de los elementos comunes es la ansiedad de un determinado producto, cuya escasez es sentida como la causante del hambre por todas las clases sociales. En el caso castellano era el pan, mientras que en Andalucía eran los cereales, en especial el trigo, hecho atribuible a la importancia paralela que aquí tenía el consumo de gachas, sopas espesas y diversos tipos de panes. Esta angustia, en los reinos cristianos peninsulares, era índice de las transformaciones sufridas en estos siglos por el régimen alimentario y la estructura económica en que se apoyaba. Así, se pasó de un sistema agrario basado en el policultivo y en la explotación paritaria de todo tipo de fuentes de alimentación, propia de la alta Edad Media, a una agricultura esencialmente cerealícola y a una reducción progresiva de los recursos del bosque en el bajo Medioevo.
En el Islam se habló de la existencia de una revolución agrícola en los siglos XI y XII -coincidiendo, por tanto, con la que tuvo lugar en esas mismas centurias en Europa occidental-, gracias a la cual se produjo una mejora de los resultados y rendimientos de las especies cultivadas, y la aclimatación y mejor desarrollo de otras nuevas. A tenor de lo dicho, el resultado de ambas revoluciones debió ser sustancialmente distinto, suponiendo, en el primer caso, un empeoramiento de la alimentación, y una mejora, al menos teórica, en el segundo. En realidad, el problema es mucho más arduo de lo que parece a simple vista. Están en jaque la existencia misma de estas dos revoluciones y la definición de las características del campo y del campesinado en este período. Dejando de lado estas reflexiones, es indudable la tendencia al monocultivo cerealícola en Castilla y sólo posible la potenciación de ciertos cultivos de regadío más comerciales en al-Andalus (la morera p. ej.), donde, sin embargo, parece existir una mayor diversificación agrícola.
Los hispanomusulmanes contaban, al menos desde la época califal, con una práctica preventiva para estas ocasiones, heredada en parte de la Antigüedad. Consistía en la confección de una serie de panes sustitutivos elaborados con productos vegetales muy nutritivos que se podían conservar durante largo tiempo. Se optó por el pan, por ser la forma tradicional de la alimentación popular mediterránea. Los castellanos, al contrario, reaccionaban espontáneamente justo después del surgimiento de las dificultades, recurriendo, eso sí, a productos similares.
Estas prácticas servían de poco cuando las carestías estaban causadas por enfrentamientos bélicos, es decir, casi siempre. Entonces, la necesidad acuciante de comer conllevaba una secuencia de sustitución, improvisada pero siempre repetida. Ésta se iniciaba con el reemplazo de los cereales y carnes corrientes por otros de menor calidad o apreciación. Se pasaba después al uso de cualquier planta que se pudiese convertir en harina, fuera o no comestible. Agotadas éstas se recurría a los animales domésticos (perros, gatos, ratas, ratones), caballos, objetos de piel y, en los casos más dramáticos, se asistía a episodios de canibalismo. Se producía, así, la trasgresión de las normas dietético-religiosas y el consumo de alimentos para ellos aborrecibles, que, aunque excusado por las respectivas normativas dietéticas en momentos como éstos, demuestran la desesperación a la que debían llegar esos hombres. Como vemos, el hambre, en casos extremos, hacía tabla rasa de clases sociales o de diferenciaciones religiosas.