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Si damos
una ojeada a los productos que se podían encontrar en
una taberna sorprenderá la variedad de los mismos. Lógicamente,
el vino constituía el eje en torno al que giraba el funcionamiento
del local ya que se podía vender al por menor o consumirse
in situ. Los caldos que se podían encontrar no eran aquéllos
finos y afamados que solían adquirir las familias de
clase alta, sino otros jóvenes, procedentes de la transformación
de la última cosecha de uva de la comarca o, en su defecto,
de las principales zonas productoras (Loja, Baza, Alcalá
la Real Úbeda). Su calidad era baja ya que envejecían
rápidamente, perdiendo en relativamente poco tiempo gran
parte de su sabor, olor y color primitivos; ello explica por
qué se diferenciaba en cuanto a precio y estimación
el vino nuevo del vino añejo.
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Ello
motivó que en muchas ocasiones el encargado de la taberna
enmascarara este hecho mezclando vino nuevo con el añejo,
añadiéndole mosto o distintas sustancias que ayudaran
a modificar el sabor, de modo que el tabernero no saliera perdiendo
en la venta de un caldo que había comprado a precio alto
por ser joven y que debía vender mucho más barato
por ser viejo. Aunque el vino podía ser blanco o tinto,
no se debía tener más de una tinaja abierta de cada
tipo, y las que estuviesen cerradas tenían que estar selladas
y ser abiertas únicamente ante la presencia del diputado
municipal pertinente. |
Coincidiendo
con las horas de comer (desayuno, almuerzo, comida, merienda o
cena) se servían diversos guisos de carne y pescado, cuya
presencia variaba dependiendo de la estacionalidad de la mayoría
de los productos. Los platos que se podían encontrar se
preparaban con las especies más baratas y menos estimadas,
tal como obligaba la normativa municipal, pero en ocasiones podían
encontrarse piezas de carne, caza o pescado muy apreciadas. Los
taberneros se esmeraron en buscar materias primas de primera calidad
para satisfacer la demanda de sus clientes o simplemente para
animarlos a consumir, aunque ello supusiera infringir la ley.
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Así,
a menudo los vemos adquiriendo con subterfugios (sobornos, regalos
o invitaciones a cortadores, vendedores, cazadores, pescadores,
matarifes) carnero, aves, lomos de cerdo, perdices, o pescados
tan valorados como lenguados, aguja, congrio, merluza, lisa, salmonete,
albur, gallo, rodaballo, lecha, róbalo, acedía etc.
Rara vez se explica en qué consistían estas viandas,
aunque sabemos que el estofado de carne con caldo, nabos y berzas,
era uno de los típicos platos de taberna, y tenemos testimoniada
la existencia (ilegal) de empanada de congrio, guisos de tollo
seco o de pescada cecial, longanizas y huevos.
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Pero
¿De dónde procedían todos estos alimentos?
Como hemos visto, el vino, era en su mayoría el producido
por los propietarios de viñas de la localidad y de su tierra,
o el llegado a la alhóndiga de los centros productores
cercanos. La carne y pescado se adquirían usualmente en
la carnicería y en la pescadería, pero su compra
estaba estrictamente regulada con objeto de impedir el acaparamiento,
garantizar el abastecimiento del conjunto de la comunidad y evitar
que los productos o tajos identificadores de las clases desaparecieran.
Para no cometer fraude los taberneros tenían que acercarse
a la carnicería/pescadería sólo después
de cierta hora (en Málaga después de las 9) y hacerlo
personalmente o enviando a personas que informasen claramente
que iban a comprar para la taberna. |
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Su
obligación era adquirir sólo los alimentos permitidos
y utilizarlos para cocinar, nunca para revenderlos. El pan y el
resto de productos, verduras, frutas, huevos etc. se obtenían
en la plaza, aunque no podían comprarse los destinados
al abasto de la ciudad en un circuito que oscilaba entre las tres
y las siete lenguas alrededor de la misma. Las tabernas se proveerían
igualmente de los aportes ofrecidos, casi siempre de manera ilegal,
por pequeños campesinos, pastores, pescadores o cazadores. |
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En cuanto
a los precios variaban dependiendo de como se gestionara la taberna.
Si el encargado era un obligado, el remate fijaba los precios
de venta del conjunto del período o de los distintos subperíodos
en que se dividía. En lo demás casos debía
ser un funcionario municipal el que, tras examinar la calidad
y variedad del producto, dispusiera cuál era el precio
del vino; si el tabernero era cosario a este valor habría
que sumar el porcentaje de beneficio preestablecido. Los platos
cocinados también les ponían precio los funcionarios
municipales: en Baza y Loja se indica que de cada libra de carne
se hagan tres pedazos iguales, cada uno de los cuales se venderá
guisado como mucho a un 50% más de lo que pagaron en la
carnicería, ganancia en la que se incluían los demás
ingredientes del guiso. No sabemos si el cliente pagaba por comida,
plato, ingredientes del guiso, etc., aunque el pan que acompañaba
la comida le costaba lo mismo que si lo hubiera comprado en la
plaza, pues el tabernero no obtenía beneficio de su presencia
en el local. |
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