La artillería hasta
la segunda mitad del XVIII tenía un valor muy relativo
en campo abierto, dado que se encontraba en un estado primitivo
de desarrollo. Las diferencias de calibre de las piezas hacían
del municionamiento una pesadilla; el peso de las mismas reducía
su movilidad al mínimo: la falta de proyectiles explosivos
medianamente previsibles limitaba su eficacia en el fuego contra
personal; la cadencia de tiro era lenta, oscilando —según
el calibre— entre sólo ocho a quince disparos por
hora, debido a la necesidad de volver a emplazar la pieza después
de cada disparo y a las complicadas operaciones para recargarla;
la calidad de los metales obligaba a restringir el número
de tiros, para evitar el recalentamiento (había que refrescar
los cañones con pellejos mojados en agua y —según
algunos— en vinagre, aunque otros opinaban que utilizar
éste era “invención de poco momento”);
la puntería era errática, entre otras consideraciones
por la falta de mecanismos adecuados para hacerla... |
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En
suma, no podía acompañar a la infantería
propia en un avance ni destruir a la contraria en la defensiva.
La abundancia de ejemplos de unidades de infantería tomando
al asalto una batería demuestra sus enormes limitaciones.
En cuanto a su alcance, parece
que no superaba los mil metros, y ello sólo en condiciones
ideales, en un terreno sin obstáculos que afectaran la
trayectoria del proyectil o la visión de los servidores,
que acostumbraban a tirar “de punto en blanco”, es
decir, con el arma en posición horizontal.
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A
pesar de que se la describió como “esta máquina
infernal en el mundo”, parece más apropiado afirmar
que “su efectividad y precisión eran, en muchas ocasiones,
entre milagrosas y casuales”. La eficacia de su fuego queda
bien reflejada en la anécdota que se produjo el primer
día de combate por el socorro de Inglostad, en 1546. |
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Cuando
el jefe protestante propuso un brindis por los muertos causados
por los novecientos disparos que había hecho su artillería,
uno de sus subordinados le respondió: “señor
Landgrave, yo no sé los que hoy hemos muerto, más
sé que los vivos no han perdido un pie de sus posiciones
indicando que habían sufrido unas bajas mínimas”.
Así fue.
En el escuadrón en que
se hallaba Carlos V, el bombardeo —a pesar de que “no
se veía otra cosa por el campo sino pelotas de cañón
y de culebrina, dando botes con una furia infernal”—
sólo mató a un archero de la guardia y a dos caballos.
En cambio, seis piezas españolas reventaron. Una de ellas
mató a cinco soldados propios e hirió a dos, lo
que indica que aquellas armas en ocasiones eran más peligrosas
para quienes las manejaban que para el adversario.
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Verdugo,
por su parte, menciona un combate en el que, tras soportar el
fuego de cinco cañones, sólo perdió un tambor.
A la vista de esto, no es extraño que los soldados de los
tercios acostumbraran a describir a la artillería, con
poco respeto, como “espanta bellacos”. Casi doscientos
años más tarde, todavía se podía decir
que “un hombre necesitaba estar predestinado para morir
de un cañonazo durante una batalla”, aunque poco
después la artillería iniciaría un proceso
de desarrollo que le llevaría a dominar el campo de batalla
durante dos siglos. |
Pero
en la época de los tercios todavía se trataba de
una actividad casi artesanal, más que de una ciencia, con
todo lo que este concepto implica de fiabilidad, dominio de la
técnica, etc... Prácticamente hasta la Ilustración
la artillería de todos los países se aproximaba
más a un gremio medieval que a un cuerpo armado, y un elemento
tan significativo como los grados militares convencionales no
se aplicarían a la totalidad de los artilleros hasta después
del XVII, cuando los tercios no eran sino un recuerdo. Muchos
años después, en el Austria de María Teresa,
la artillería seguía siendo un mundo complejo, lleno
de reminiscencias gremiales.
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Durante
parte de la época que nos ocupa, algo fundamental para
el Arma, como la fabricación de las piezas mismas, estuvo
confiado en España a los maestros campaneros, porque únicamente
ellos dominaban el uso del llamado metal de campana, considerado
el más apropiado para fundir cañones. |
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Quizás en recuerdo
de ello, la artillería conservó por años
el llamado “privilegio de campanas”, en virtud del
cual pasaban a su propiedad las existentes en una plaza que caía
merced a su fuego, así como las piezas puestas fuera de
servicio y los “estaños y cobres que se hallen, no
reservando calderos ni platos.
Carlos
V, adelantándose a sus contemporáneos, implantó
con éxito en 1552 un cierto orden en la multitud de calibres
existentes —llegó a haber hasta ciento sesenta tipos
de piezas—, reduciéndoles a un número manejable.
Estableció seis modelos de piezas: de cuarenta, veintiséis,
doce, seis y tres libras, más un mortero.
Este
esfuerzo de simplificación se llevó a la práctica
sólo en parte.
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En tiempos de Felipe II, continuando en la misma línea,
se establecieron siete: cañones y medios cañones;
culebrinas y medias culebrinas; sacres y medios sacres, y falconetes.
A finales del XVI, existían seis: cañones (de cuarenta,
treinta y cinco, treinta y dos y treinta libras); medios cañones
(de veinte, dieciocho, dieciséis y quince); tercios de
cañón (de diez, ocho y siete); culebrinas (de veinticuatro,
veinte, dieciocho y dieciséis); medias culebrinas (de doce,
diez, ocho y siete) y tercias culebrinas (de cinco, cuatro, tres
y dos). |
En principio, las culebrinas
se distinguían de los cañones por su mayor longitud,
que imprimía a sus disparos más velocidad y alcance.
A cambio, eran más pesadas y tenían un consumo mayor
de pólvora. |
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