La Defensa de los Castillos (II)
Para acentuar la ventaja proporcionada por la altura de las murallas, se podía excavar en la base una zanja alrededor de todo el castillo. Donde era posible, esta zanja se llenaba de agua para crear un foso. Tanto las zanjas como los fosos dificultaban los asaltos directos contra las murallas. Los hombres con armaduras se arriesgaban a ahogarse si caían al agua, aun cuando fueran relativamente poco profundas. Los fosos impedían que se socavaran las murallas del castillo, debido al riesgo de que las excavaciones se hundieran durante la construcción y sepultaran a los excavadores. En algunos casos, los atacantes tenían que vaciar el foso antes de iniciar un asalto.
Después rellenaban la zanja en varios sitios, para poder levantar junto a las murallas las torres de asalto y las escaleras.

Los puentes levadizos ubicados a lo largo de un foso o de una zanja permitían a los ocupantes del castillo entrar y salir cuando fuera necesario. Cuando había peligro, se elevaba el puente levadizo restableciendo la zanja y cerrando las murallas. Los puentes se elevaban mediante un mecanismo que estaba dentro del castillo, protegido de los atacantes.

Rejilla o Rastrillo

Era una verja fuerte que se deslizaba hasta el suelo de la puerta del castillo, para bloquear la entrada. La puerta de un castillo estaba dentro de la torre de entrada. El túnel estaba bloqueado por una o más rejillas, en el centro o en sus extremos. El mecanismo que levantaba la rejilla estaba en la parte superior de la torre de entrada, fuertemente custodiado. La rejilla era una verja de madera resistente o de hierro. Tanto los defensores como los atacantes podían disparar o clavar sus armas a través de la rejilla.

Barbacana

Un castillo poderoso tenía una puerta interior y otra exterior. Entre los dos había un área abierta, llamada barbacana. Ésta estaba rodeada por murallas y diseñada para que se convirtiera en una trampa para cualquier atacante que traspasara la puerta exterior. Una vez dentro de la barbacana, los atacantes sólo podían regresar por la puerta exterior o luchar para abrirse paso por la interior. Mientras tanto, eran objetivos al descubierto para las flechas y otros proyectiles.

Defensores

Un número relativamente pequeño de hombres podía proteger un castillo en tiempos de paz. Por la noche se levantaba el puente levadizo y se bajaban las rejillas, cerrando la puerta de forma eficaz. Bajo la amenaza de un asalto, se necesitaba una fuerza mucho mayor para defender el castillo.

Se necesitaban arqueros y ballesteros hábiles, para disparar desde las murallas y las torres a los atacantes cuando realizaban el asalto o cuando lo preparaban, intentando vaciar de agua el foso o llenar la zanja. Cada baja en los atacantes minaba su moral y capacidad de lucha. Un número importante de bajas podía detener el ataque.

Si los atacantes conseguían acercarse para entablar la lucha cuerpo a cuerpo, se precisaba un importante contingente de espadachines para rechazar el ataque. Se necesitaban hombres que arrojaran piedras o derramaran líquido hirviendo desde las plataformas. También se necesitaban hombres para reparar las secciones dañadas de las murallas o para apagar los fuegos iniciados por los proyectiles. Una defensa agresiva buscaba oportunidades para salir del castillo y atacar al ejército asaltante. Una incursión rápida que quemara una torre de asalto o un lanzapiedras en construcción retrasaba el asalto y bajaba la moral de los atacantes.

En épocas de emergencia, se alistaba a los campesinos del lugar para ayudar en la defensa. Aunque no estaban instruidos como soldados y no dominaban el manejo del arco o la espada, podían ayudar en muchas otras tareas.