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La
celebración de actos festivos supone la ruptura de lo cotidiano
durante la Edad Media. Sin embargo, cada sociedad manifiesta sus
expresiones festivas de forma diferente dependiendo de sus condiciones
ideológicas, socioculturales, económicas, de las
relaciones de clases y de otros factores que inciden en la propia
fiesta. |
En
la Baja Edad Media podemos distinguir dos grupos de fiestas, las
cívico-religiosas, que están ligadas al ciclo litúrgico
o tienen una razón especial para conmemorar acontecimientos
especiales, normalmente de tipo político (matrimonios reales,
visitas del rey, victorias militares, etc.) y las que derivan
de una contracultura de origen popular o rural.
Las fiestas cívico-religiosas
comprenden un número elevado de celebraciones, una parte
de las cuales pierden el carácter extraordinario para convertirse
en parte de la rutina, como es el caso de los domingos, y sirven
para marcar el ritmo de trabajo haciendo del ciclo semanal totalmente
identificado con la ocupación divina en la creación.
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El resto de las
celebraciones aglutina fiestas clásicas adaptadas a la
concepción cristiana, conmemoraciones locales, parroquiales,
socio profesionales, de las cofradías o las explosiones
de júbilo ordenadas por la monarquía para celebrar
acontecimientos extraordinarios, son empleadas por la Iglesia
y los gobiernos urbanos para imprimir su marca, al mismo tiempo
que ven la expresión de un civismo en el que ellos pueden
apoyarse.
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Ocupaban
una gran parte del año y en ellas la presencia popular
es absolutamente necesaria, aunque en la mayoría de las
ocasiones sólo como espectadores o comparsas, sometidos
a un control de los sentimientos. En este tipo de fiestas todo
está controlado y regulado, siguiendo un ritual en el que
lo laico y lo religioso se mezcla y complementa perfectamente. |
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Para
la preparación de las fiestas se comienza por ordenar una
limpieza y decoración de la ciudad, porque las calles y
las plazas son el escenario de la fiesta: con paja y juncos se
evita el barro, se cuelgan tapices y paños en las ventanas,
se encienden luminarias en las fachadas de los edificios principales,
incluso la gente se viste mejor. Los músicos (flautas,
tamboriles, trompetas, violas, etc) contratados y pagados, recorren
las calles haciendo bailar a la gente, se representan pequeñas
obras teatrales, hay vendedores de objetos y mercancías
exóticas, gente que realiza malabares con el fuego o ejercicios
de acrobacia. |
El
núcleo central de la manifestación pública
lo constituyen las procesiones (las de Semana Santa, las del santo
patrón, las del Hábeas Christi, etc.). Pero también
recorrían las calles de las ciudades los cortejos reales,
los embajadores extranjeros, los asistentes a las Cortes, etc.,
y junto a ellos, luciendo sus vestidos oficiales, sus pendones,
mazas y enseñas, las jerarquías religiosas, los
regidores de la ciudad, los representantes de los gremios, los
de las parroquias y cualquiera que pudiera y quisiera demostrar
su proximidad al poder; el oren en una procesión era el
orden reconocido en la sociedad. |
En las orillas de la calle, uniéndose finalmente al cortejo,
el pueblo lloraba o cantaba según lo que debía hacer.
No
sólo se hacia fiesta pública por sucesos positivos,
sino también por lo contrario, entierros y, sobre todo,
las ejecuciones de sentencias sumarias tenían un desarrollo
similar, con el paseo del reo, que en el caso de que fuese por
sentencia de la Inquisición tenía especial parafernalia
de advertencia, y su cumplimiento en lugar público suponía
acatar la justicia del poder. |
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La mezcla de clases
y el mantenimiento de un espíritu festivo abierto coinciden
en general con el entorno social y político en el que desarrollan.
A finales del siglo XV estas fiestas comenzarán a reducirse
ya que la cultura oficial tomará la dirección y
las dotará de una nueva dimensión más elaborada,
menos espontánea, que sin apartarse totalmente del objetivo
lúdico, será controlado, y, finalmente, ya en el
siglo XVI, las reformas religiosas y la implantación de
una cultura burguesa más reprimida, las devolverá
definitivamente a la calle, convirtiéndolas en fiestas
perseguidas y calladas. |
Estas celebraciones festivas
populares se caracterizan, según Roger Caillois, por cuatro
rasgos principales: por ser exaltaciones colectivas, estar presididas
por el exceso, existir una trasgresión de las prohibiciones
y apoyarse en la inversión del orden social. |
Los dos ciclos
festivos que mejor se adaptan a este esquema son el de invierno,
con las fiestas de los Locos, del Asno y muchas variedades locales,
celebradas a comienzo de año, entre Navidad y Epifanía,
siempre basadas en la subversión del orden establecido
y, sobre todas, el Carnaval, donde predomina el disfraz, las máscaras
y la burla, donde los excesos en todo llegaban quizá al
máximo en la comida y la bebida, como preludio al periodo
de penitencia y abstinencia que se iniciaba el miércoles
de ceniza que clausuraba la fiesta; el carácter de revancha,
de lucha entre Don Carnal y doña Cuaresma, se celebraba
en toda Europa. |
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El otro ciclo, el de la primavera,
con los mayos y el solsticio de verano festejado la noche de San
Juan, con el fuego, la quema del pasado y la renovación
ante el renacer de la naturaleza, constituyen fiestas menos dramáticas
que aquéllas y con un mayor componente erótico. |
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