Torturas de la Inquisición VI

EL CEPO

Se colocaba a la víctima con las manos y los pies aprisionados en las aberturas correspondientes, de ésta manera eran expuestos en la plaza pública, donde el vulgo les provocaba, abofeteaba y embadurnaba con heces y orina.

En muchas ocasiones, los condenados eran también golpeados, lapidados, quemados, lacerados e incluso gravemente mutilados.

También las incesantes cosquillas en las plantas de los pies y en los costados llegaban a convertirse en una tortura insoportable.

Sólo los transgresores más inofensivos podían esperar liberarse con no más de unos pocos cardenales.

EL POTRO EN ESCALERA

La finalidad de este suplico es similar a algunas de las ya vistas, pero en éste caso se abrasaban los costados y las axilas mediante una antorcha compuesta por siete bujías. Si la víctima, ya paralizada, con los hombros destrozados y moribunda a causa de las infecciones producidas por las quemaduras seguía sin confesar, el tribunal estaba obligado, como siempre en un caso semejante, a reconocer su inocencia.

LA MORDAZA O EL BABERO DE HIERRO

Este artilugio sofocaba los gritos de los condenados para que no estorbaran la conversación de los verdugos. La "caja" de hierro del interior del aro es embutida en la boca de la víctima, y el collar asegurado a la nuca. Un agujero permite el paso del aire, pero el verdugo lo puede tapar con la punta del dedo y provocar la asfixia.

A menudo los condenados a la hoguera eran amordazados de ésta manera, sobre todo durante los autos de fe, porque sino los gritos interferirían con la música sacra.

Giordani Bruno, culpable de ser una de las inteligencias más luminosas de su tiempo, fue quemado en la plaza del Campo dei Fiori en Roma en 1600 con la mordaza de hierro provista de dos largas púas, una de las cuales perforaba la lengua y salía por debajo de la barbilla, mientras que la otra perforaba el paladar.