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EL
CEPO
Se
colocaba a la víctima con las manos y los pies aprisionados
en las aberturas correspondientes, de ésta manera eran
expuestos en la plaza pública, donde el vulgo les provocaba,
abofeteaba y embadurnaba con heces y orina.
En
muchas ocasiones, los condenados eran también golpeados,
lapidados, quemados, lacerados e incluso gravemente mutilados.
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También las incesantes cosquillas en las plantas de los
pies y en los costados llegaban a convertirse en una tortura
insoportable.
Sólo
los transgresores más inofensivos podían esperar
liberarse con no más de unos pocos cardenales.
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EL
POTRO EN ESCALERA
La finalidad de este suplico es
similar a algunas de las ya vistas, pero en éste caso se
abrasaban los costados y las axilas mediante una antorcha compuesta
por siete bujías. Si la víctima, ya paralizada,
con los hombros destrozados y moribunda a causa de las infecciones
producidas por las quemaduras seguía sin confesar, el tribunal
estaba obligado, como siempre en un caso semejante, a reconocer
su inocencia.
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LA
MORDAZA O EL BABERO DE HIERRO
Este
artilugio sofocaba los gritos de los condenados para que no estorbaran
la conversación de los verdugos. La "caja" de
hierro del interior del aro es embutida en la boca de la víctima,
y el collar asegurado a la nuca. Un agujero permite el paso del
aire, pero el verdugo lo puede tapar con la punta del dedo y provocar
la asfixia.
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A
menudo los condenados a la hoguera eran amordazados de ésta
manera, sobre todo durante los autos de fe, porque sino los gritos
interferirían con la música sacra.
Giordani Bruno, culpable de ser
una de las inteligencias más luminosas de su tiempo, fue
quemado en la plaza del Campo dei Fiori en Roma en 1600 con la
mordaza de hierro provista de dos largas púas, una de las
cuales perforaba la lengua y salía por debajo de la barbilla,
mientras que la otra perforaba el paladar.
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