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Todo
el inmenso patrimonio de las órdenes se traducía en
cuantiosos beneficios, en una impresionante renta señorial
que gira sobre estos seis pilares:
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Rentas de la tierra, que estaban garantizadas mediante
una intensa colonización de la misma y el encuadramiento
de los respectivos vasallos en un sistema de dependencia bien reguladas.
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Rentas jurisdiccionales, derivadas del gobierno del señorío,
de la normalización de las relaciones entre los vasallos,
del cobro de las tasas e impuestos y, sobre todo, de la aplicación
de justicia. |
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Rentas de naturaleza comercial, fundamentadas en el control
del tránsito de mercancías y, sobre todo, en iniciativas
mercantiles propias, así como en complementarias actividades
bancarias.
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Rentas de origen militar, consecuencia directa del ejercicio
de las armas, de la adquisición de botín, del sometimiento
tributario de poblaciones vencidas, o de derechos y competencias
que, en esta materia, disfrutaban los freires en el seno de sus
propios dominios
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Rentas provenientes de la explotación de recursos pecuarios,
propios o del aprovechamiento indirecto de los ajenos a través
del cobro de tránsito o utilización de pastos. |
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-Rentas
provenientes de la ganadería, que se convertiría
en elemento fundamental de todo Occidente. La ganadería sería
fundamentalmente ovina, pero los templarios, por su parte, se especializarían
en la cría de caballos junto a los hospitalarios.
Pero todos estos beneficios no siempre
se mostraron suficientes para atender de manera adecuada a los inmensos
gastos a los que las órdenes tuvieron que hacer frente. Son
varios los capítulos relativos a inversiones que consumían
buena parte de esta riqueza.
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Uno de ellos, y
no el menos importante, fue el de la propia guerra. Ésta
no siempre se veía compensada con botín y, en cualquier
caso, el mantenimiento, de equipos militares, el suministro de caballerías,
el pago de mercenarios y, sobre todo, la construcción, puesta
a punto y aprovisionamiento de fortalezas, que constituían
una permanente sangría económica. |
El
tema de las fortalezas era en concreto de lo más preocupantes.
Una vez construidas o adquiridas, se les asignaban unas rentas para
su sostenimiento, las llamadas retenencias. El montante
total de éstas debía ser espectacular, aunque con
toda seguridad los castillos fronterizos de la Península
e incluso los teutónicos del noreste de Europa, estaban muy
lejos de consumir anualmente las 12.000 cargas de trigo, además
de otros víveres y salarios para los mercenarios. |
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Junto a gastos de guerra y defensa,
las actividades asistenciales de carácter hospitalario suponían
otro importante capítulo de gastos. Los desequilibrios entre
éstos y los ingresos llegaron, en ocasiones, a comprometer
el porvenir de las órdenes militares por no hablar de algunos
de los aspectos más esenciales de su vocación.
Las órdenes intentaron hacer
frente a la situación a través de los caminos más
diversos: limitaron la adquisición de freires en sus filas
a los que estrictamente pudieran ser mantenidos con las rentas que
poseían; procuraron flexibilizar los mecanismos de enajenación
de bienes que permitieran compensar pérdidas; y acudieron
también a los préstamos.
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