El Destino de las Órdenes (y final)

A partir de la etapa renacentista las órdenes militares fueron perdiendo su esencial condición religiosa y en la mayoría de los casos también militar. Los hospitalarios fueron en cierto modo una excepción. Expulsados de Rodas por los turcos, el emperador Carlos V les entregó la isla de Malta en 1530. Tuvieron un papel relevante en la contención del avance otomano por el Mediterráneo y sus galeras participaron activamente en la batalla de Lepanto (1571).

Los hospitalarios, cada vez más secularizados, supieron sacar provecho de la estratégica posición de su isla de Malta y la acabaron convirtiendo en un auténtico emporio comercial y sede de una aristocrática corte de cierta proyección cultural. La ocupación napoleónica de 1798 y la inmediata de los ingleses en 1800, terminaron, sin embargo, por arruinarla. Los hospitalarios no tardarían en instalar la sede central de su gobierno, sin renunciar nunca a su soberanía, en Roma, donde hoy día permanece coordinando labores de tipo humanitario, única seña actual de su identidad originaria.
Mucho más oscura ha sido la trayectoria de la orden de los caballeros teutónicos. Antes de finalizar el siglo XV el reino polaco-lituano les despojó de la Prusia occidental y también su soberanía. La intentaron recuperar a través de la reforma luterana proclamando principados en Prusia oriental y en Livonia. Los pocos caballeros restantes que permanecieron fieles a Roma, se acogieron en Alemania a la protección de los Habsburgo en cuya familia recayó el maestrazgo. Desde comienzos del siglo XIX quedaron confinados en Austria y reconvertidos en una orden estrictamente clerical y de vocación hospitalaria. Superado el paréntesis que supuso el gobierno de Hitler, hoy día mantienen su sede en Viena.
Por su parte, las órdenes militares hispánicas, integradas formalmente en el organigrama del estado a partir de comienzos del siglo XVI y ya plenamente secularizados, se transforman en corporaciones honoríficas cuyo miembros, al tiempo que hacían patente su elevada posición social a través de los signos externos de cada una de ellas, veían recompensados, con sus rentas, servicios prestados a la corona.
El espíritu caballeresco, sin embargo, no se había perdido del todo. La portuguesa de Cristo lo había encauzado a través de la expansión marítima y el mundo de los descubrimientos, pero fueron muchos los miembros de las órdenes que, a título personal, estuvieron presentes en las más variadas manifestaciones de ese espíritu en cierto modo renovado, como fue la participación en acciones mediterráneas contra los turcos o su presencia en la conquista y gobierno del Nuevo Mundo.
La desaparición del Antiguo Régimen y las medidas desamortizadoras de los gobiernos liberales de España y Portugal acaban oficialmente con las órdenes militares en la Península en las primeras décadas del siglo XIX. A partir de aquel momento una serie de complejas vicisitudes permitieron su intermitente aparición en el escenario social, sin sus bienes pero sí con sus antiguos honores.
Hoy día son reconocidas como órdenes de mérito por la república portuguesa, y en España las encontramos integradas en un restaurado y honorífico Consejo de Órdenes presidido por un miembro de la familia real. No cabe duda de que las órdenes militares como tales no fueron capaces de sobrevivir a la Edad Media. Ni la religiosidad se expresaba del mismo modo en los tiempos modernos ni el espíritu de la cruzada que renació en el Mediterráneo contra los turcos era de la misma naturaleza que el que llevó a los francos a Oriente. Pero eso una extemporánea orden militar como la italiana de Santo Stefano, creada en Toscana por Cosme de Médicis y aprobada por el papa en 1561 como algo más que una institución caballeresca laica, nunca llegó a tener la consistencia y proyección de las tradicionales órdenes nacidas en los siglos centrales de la Edad Media.