La vida del religioso,
y también por tanto la de un freire de orden militar, se
hallaba necesariamente mediatizada por la disciplina correccional. |
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La mayor relajación de sus normas respecto a otras comunidades
conventuales no era garantía de cumplimiento, y reglas y
estatutos normativos contienen auténticas relaciones de penas
impuestas a desobedientes e infractores.
No
cabe duda de que la práctica inexistencia de noviciados influyó
a la hora de propiciar una débil formación disciplinaria,
que no podían suplir las reiteradas lecturas de reglas, definiciones
y establecimientos en las reuniones capitulares. La dedicación
militar y la necesidad de cubrir bajas con rapidez desaconsejaban
largos períodos de formación. |
Las penas impuestas
a los freires combinaban el castigo corporal (encarcelamientos,
ayunos, azotes...) con sanciones espirituales (excomuniones, apartamiento
temporal de la vida conventual...) y humillaciones (pérdida
de encomienda y equipo militar, imposición de hábitos
de menor categoría y sin cruz, vida en común con los
criados, comida en el suelo en medio del refectorio...), pero era
la expulsión de la orden (a veces, en vez de ella, prisión
perpetua) la más grave condena que cabía; las distintas
órdenes la reservaban a lo que cada una de ellas consideraba
la peor de las faltas, aunque no siempre la valoración era
coincidente: |
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en el
orden moral solían ser los pecados relativos a la sodomía,
fornicación y asesinato, y en el plano de las deslealtades,
las que constituían atentados contra la integridad patrimonial
de la orden o las que, como conspiraciones o rebeldías graves
contra el maestre, podían afectar a la propia estabilidad
institucional. |
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El marco de aplicación de la corrección disciplinaria
era siempre el capítulo. Existían siempre distintos
tipos de reuniones capitulares.
El
nivel más elemental era el capítulo diario o semanal
que, según los casos, verificaban los miembros de todas
las comunidades locales, incluidos los miembros que residían
permanentemente en los respectivos conventos centrales.
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Finalmente,
las órdenes cuyos conventos centrales radicaban en Tierra
Santa, celebraban reuniones cada varios años: los templarios
cada cinco. |
Casi
todas las órdenes se autorregulaban en materia disciplinaria
creando específicos instrumentos de control. El sistema era
algo más complejo en las órdenes de obediencia cisterciense
que, desde el principio, quedaron integradas en la estructura de
las llamadas visitaciones, efectuadas por abades comisionados
por el capítulo general de Cîteaux. La orden de Calatrava
recibía la visita del abad de Morimod, a quien correspondía
una parte sustancial de responsabilidad, junto al propio maestre
y prior calatravos, en la aplicación del sistema disciplinario. |
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A
su vez, al maestre calatravo incumbía el derecho de visitación
sobre los conventos centrales de las órdenes de Alcántara,
Avis y Montesa, que en el jerarquizado organigrama cisterciense
eran filiales directas del convento calatravo. |
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