Epílogo: El Proceso del Temple
El proceso contra los templarios, iniciado en 1307, terminó dramáticamente con el proyecto de la unión. La extinción del Temple se debe entender en el contexto de la desvirtuada imagen que venían proyectando las órdenes militares desde mediados del siglo XIII. En este contexto al rey de Francia Felipe IV y a sus consejeros les fue más fácil hacer digerible al conjunto de la sociedad que la disolución de la orden se debía a una triple práctica de los freires que justificaba sobradamente su condena: la práctica de la herejía; la de la idolatría y la práctica de la sodomía.
Este burdo montaje propagandístico no era la primera vez que se utilizaba para provocar la condena de un enemigo incómodo. La novedad del momento consistía en su uso sistemático en contra de toda una organización reconocida por la Iglesia y consagrada por el tiempo y también por pasadas actuaciones de indiscutible eficacia.
Pero las razones políticas del rey de Francia se impusieron. Su programa de centralización política resultaba incompatible con jurisdicciones de hondo calado institucional y que podían amenazar la estabilidad económica del reino y de la propia corona. Las reticencias de la Iglesia y la incredulidad de otros reyes, en especial los peninsulares, no pudieron frenar el final desenlace: confiscación de todos los bienes y rentas de la institución en todos los reinos accidentales, prisión y hoguera para muchos de los freires franceses, incluido el maestre de la orden y disolución canónica de la orden en 1312.
El proceso y disolución del Temple, que teóricamente tenía que haber constituido un nuevo y durísimo golpe para la maltrecha imagen de las órdenes, no tuvo, en realidad, los efectos previsibles. La orden del Hospital salió, de alguna manera, fortalecida pues a ella fue a para un elevado porcentaje de los bienes templarios, al menos fuera de la Península. La orden Teutónica, por su parte, era un poder soberano y sus freires no dudaron en proclamar su indispensable función como vanguardia cruzada en la guerra casi interminable contra los lituanos. Y las órdenes hispánicas, por su parte, contaban con el eficaz apoyo de los monarcas peninsulares que seguían haciendo de ellas válidos instrumentos de consolidación política.
Pero es que, además, las órdenes hispánicas se fueron convirtiendo poco a poco en apetecible vehículo de recompensa nobiliaria: dignidades y oficios aseguraban a quienes los desempeñaban rentas que no afectaban a las haciendas reales, siempre necesitadas. Empezaban a desempeñar una imprescindible función social a la que no interesaba poner fin.