Escenarios de Actividad

 

La actividad de las órdenes militares se reduce a tres grandes escenarios.

En primer lugar el originario de Tierra Santa donde, como consecuencia directa de la primera gran cruzada, consolidan su presencia en el reino de Jerusalén y en el resto de los “estados” cruzados, principalmente en el condado de Trípoli y en el principado de Antioquia. En segundo lugar, la Península Ibérica de la reconquista; en ella las órdenes militares desplegaron una notable actividad en un territorio que desde la desembocadura del Tajo al oeste, y el curso del Ebro, al este, se proyectaba hacia las tierras meridionales del Guadalquivir y del Segura. Y, finalmente, en tercer lugar, los freires tuvieron una activa presencia en la región báltica, desde el golfo de Danzig y Prusia hasta las heladas tierras de Estonia.
Los tres escenarios tienen un denominador común. Son la expresión patente de las fronteras de la Cristiandad de los siglos XII y XIII, y en todas ellas, el Occidente cristiano-romano hizo, a través de la cruzada, una sólida apuesta de consolidación expansiva a costa de infieles y paganos. Pero las similitudes acaban ahí. De hecho, se pueden establecer importantes diferencias entre los tres escenarios señalados.
En primer lugar, diferencias naturales y climatológicas. Y es que desde un punto de vista estrictamente militar, las condiciones derivadas de la orografía y el clima, en especial este último, determinan en ocasiones de manera extraordinaria la actuación de los freires en cada uno de los frentes. No es ciertamente lo mismo sostener una acción militar en las cálidas y secas zonas desérticas de Tierra Santa, que en el gélido panorama de la zona báltica, o en el relativamente benigno escenario de la Península.
Desde otro punto de vista completamente diferente, el de las justificaciones ideológicas, conviene subrayar también las diferencias en los relativo al enemigo a combatir y la naturaleza de sus creencias. No es igual que los freires se enfrenten a los infieles musulmanes del Próximo Oriente o de la Península Ibérica, que a los paganos eslavos de la zona báltica.
Y el tratamiento que, desde un punto de vista ideológico, tienen tan distintos “enemigos de la fe” se traduce en actitudes diversas por parte de las órdenes militares. Así, no es lo mismo una lucha reconquistadora llevada a cabo contra representantes de una religión superior como, al fin y al cabo, eran los musulmanes, que una guerra de pura y simple expansión contra una población de ancestrales creencias originarias.
En efecto, los modos empleados por los freires teutónicos en el este de Europa, en ocasiones de auténtico exterminio, no fueron por lo general los adoptados por los templarios y hospitalarios en las regiones musulmanas de Siria, y mucho menos en la Península, donde la regla santiaguista llegaba a contemplar, incluso, la deseable atracción de los musulmanes a la fe de Cristo.

Desde un punto de vista político, finalmente, pueden también establecerse importantes diferencias. En este caso debido a la distinta elación que las órdenes militares muestran respecto al poder político y que, sin duda, condiciona también su actitud y, sobre todo, su actividad militar. Cabe en este sentido establecer tantos modelos de relación como escenarios de actividad.

Así, el amplio margen de control establecido por los monarcas peninsulares sobre las órdenes operativas en sus respectivos reinos, contrasta con la gran autonomía que los freires gozaron en tierras cruzadas del Próximo Oriente, en especial a partir del último tercio del siglo XII, cuando se hace patente la debilidad de la monarquía jerosolimitana. Las órdenes de implantación báltica, por su parte, participan de la autonomía propia de las de Tierra Santa hasta el punto de que, hacia 1250, una de ellas, la más importante y la que absorbe a las demás, la orden Teutónica, acabará ella misma constituyendo un poder político independiente.
Naturalmente que esta distinta forma de entenderse la relación de las órdenes militares con el poder, condiciona seriamente su actividad militar. Es así que un vehemente mandato de la Sede Apostólica, como el que en 1193 dirigía el papa Celestino III a las órdenes hispánicas para que lucharan contra el islam independientemente de las treguas que sus reyes hubieran firmado con los musulmanes, sólo se entiende en un contexto específico en el que la iniciativa militar de los freires se ve seriamente restringida por los intereses políticos de los monarcas, auténticos gestores y administradores de la guerra contra el islam peninsular.