Orígenes y órdenes militares (I)

 

Es difícil definir una institución como la de las órdenes militares cuya larga duración en el tiempo, desde el siglo XII al XIX (e incluso hasta nuestros días en algunos casos), ha ido transformando de manera muy profunda su naturaleza.

Si únicamente nos centramos en el período de nuestro interés, la Edad Media, es posible establecer la existencia de tres grandes grupos de órdenes militares, como son las “universales”, las “territoriales” y las “nacionales”, correspondiente cada uno a un modelo distinto de naturaleza y características funcionales específicas. Son modelos que obedecen a una evolución en el concepto de orden militar, una evolución fundamentalmente cronológica, aunque podamos detectar algún desfase no demasiado significativo.

Órdenes Universales

Las primeras y más importantes órdenes militares, la del Temple y la del Hospital de San Juan de Jerusalén, nacen en Tierra Santa no mucos años después de que los cruzados conquistaran Jerusalén en 1099. El perfil originario de estas primitivas instituciones lo componen básicamente dos elementos: el universalismo propio de cualquier institución religiosa de carácter regular y la vocación caballeresca, santificada en el espíritu de la cruzada.
Ambas circunstancias encontraron en Tierra Santa y en el recién constituido reino de Jerusalén, el escenario perfecto para provocar el nacimiento de las órdenes militares, y aunque las dos instituciones responden a este primer modelo universalista, caballeresco y cruzado, es preciso advertir que la experiencia constitutiva de ambas no fue la misma.

La primera orden militar, la del Temple, fue el resultado de la conversión de unos caballeros en religiosos. Sin embargo, la orden del Hospital de San Juan, así como otras órdenes que con posterioridad a ella nacieron también en Tierra Santa, eran antiguas instituciones religiosas que, en el contexto cruzado en que se desenvolvían, acabaron militarizándose.

Órdenes Territoriales (Hispánicas y Bálticas)

El concepto de orden militar es, en principio, universal. No puede ser de otro modo dado el carácter religioso y la directa dependencia pontificia de las primeras fundaciones, así como su compromiso con la defensa de ese proyecto común de la Cristiandad que era el reino de Jerusalén, su frontera oriental. Pero es que, además, la lógica del nacimiento de las primeras órdenes militares, una lógica animada y justificada en el espíritu de la cruzada, no era patrimonio de reino alguno, sino inevitable manifestación del conjunto de la sociedad occidental.

El panorama cambia necesariamente a partir de la segunda mitad del siglo XII. Los universalismos ceden paso ante la arrolladora dinámica de las monarquías feudales que hacen de territorios cada vez mejor definidos, marcos para la gestación de sólidos edificios institucionales. El poder se territorializa, y con él también la noción de orden militar. Al tiempo que el reino de Jerusalén entra en cuarentena a partir de Hattin, las órdenes militares asumen su lugar correspondiente en la nueva estructura territorializada de Occidente.
Templarios y hospitalarios se hallan cada vez más mediatizados por los poderes seculares de cada reino. Pero lo realmente significativo es que, al abrigo del nuevo proceso, otras órdenes relativamente menos dependientes del papa y, en consecuencia, más comprometidas con los monarcas y sus respectivos proyectos territoriales, van surgiendo en aquellos lugares de frontera donde su presencia era justificada y eficaz, donde infieles y paganos seguían amenazando a la Cristiandad: la Península Ibérica y la región báltica.

Las primeras son las más importantes y en ellas se ejemplifica con mayor calidad el nuevo “modelo territorial” de orden militar al que venimos aludiendo. Serán, indiscutiblemente, mejores instrumentos de los reinos seculares que de la Iglesia universal, y lo serán en un momento en que esos reinos asumen, parcialmente secularizada, la propia noción de cruzada.