Prácticas mágicas entre los eclesiásticos
Lo primero que tenemos que dejar claro es que hay que entender aquí al clero, como ya sabemos, de una manera muy diversa. Las diferencias entre el alto y el bajo clero eran tan profundas, como las existentes entre la aristocracia palaciega y el hidalgo castellano o el infanzón aragonés. La mayoría de los párrocos rurales compartían las supersticiones de sus feligreses, así como su ignorancia. No obstante, también en los escalones más altos de la jerarquía eclesiástica encontramos aficionados y practicantes de las artes mágicas, aunque sus simpatías se decanten más por la Magia Natural y la astrología.
En cualquier caso, el sector eclesiástico posee algunas particularidades que le diferencian del común de los reos por delitos de superstición. En primer lugar, en este grupo son los hombres quienes dominan por amplia proporción esta área delictiva. En segundo lugar, aún con sus defectos y carencias, la mayor parte de ellos poseen una cultura superior a la de sus parroquianos, algunos incluso habían cursado estudios en universidades, y la mayoría han aprendido allí astrología y magia.
A estos reos, por su peculiar situación, les era más fácil hacerse con copias manuscritas de obras de magia, como la Clavícula de Salomón, la Steanografía, del abad Tritemio, o la Filosofía Oculta, de Agripa.; las confiscaciones llevadas acabo por la Inquisición así lo demuestran.
Por otro lado, su conocimiento de la liturgia y fácil acceso a los objetos sagrados, les convertía en los cómplices y socios más apropiados para llevar a cabo las ceremonias mágicas que revestían mayor complejidad, razón por la cual aparecen tantos eclesiásticos implicados en la búsqueda de tesoros, práctica para la cual eran requisito indispensable una serie de elementos sagrados.

Los tipos de delitos en los que se veían envueltos eran de lo más variados. La mayoría, sin duda, se habían dedicado, como hemos apuntado, a la búsqueda de tesoros por medio de la magia; otros por practicar la adivinación; otros entraban en el área del curanderismo; otros por tener tratos con el demonio; una minoría dedicada a los maleficios y hacer daño a terceros; también encontramos acusaciones de hechicería y los menos como “magos cultos” por poseer libros de magia, saber alzar figuras, conjurar demonios, preparar amuletos, hechizos, etc.

EXORCISMOS Y ENFERMEDAD

En términos eclesiásticos, el exorcismo es una ceremonia que incluye una invocación a Dios en nombre de Jesucristo para controlar el poder de los demonios sobre los hombres y las cosas. En un principio, esta práctica estaba permitida a todos los eclesiásticos que hubieran obtenido la tercera de las órdenes menores, que es precisamente la de exorcista, y se empleaba para liberar a las personas que estuvieran poseídas por algún espíritu maligno, pero dado el uso abusivo y erróneo que en el pasado se hizo de ella, en la actualidad, la ley eclesiástica solo permite la realización del exorcismo solemne a sacerdotes seleccionados, y previo permiso del obispo de la diócesis.

Dada la mentalidad de la época y el atraso de la medicina, que aún aceptaba el origen mágico de ciertas patologías, los clérigos seguían asumiendo el tratamiento de algunas enfermedades que se creían producidas por maleficio, mal de ojo, o posesión demoníaca. Esta actividad, por tanto, no constituía delito, pero algunos sacerdotes y frailes abusaban de sus atribuciones o practicaban ritos no aceptados por la jerarquía eclesiástica

Aparte de los exorcismos, los clérigos se valían de otros muchos medios para curar, algunos tan sorprendentes como el utilizado para curar el zaratán (término utilizado para llamar al cáncer de mama) y que consistía en que un religioso, estando en ayunas, rezaba una misa, y una vez acabada, se iba a la casa de la enferma, y allí escupía en un recipiente la suficiente saliva como para untar con ella el pecho enfermo. Una vez realizado el masaje, desayunaba y se marchaba hasta el día siguiente, en que volvía para repetir la misma operación, hasta completar nueve curas.