Magia y Enfermedad (I)

El Mal de Ojo

De todas las enfermedades atribuidas al poder maléfico de ciertas personas, la más conocida fue el llamado “mal de ojo” o “aojamiento”. Dicha dolencia solía afectar principalmente a los niños de corta edad y a personas ancianas o debilitadas. Sus síntomas no están claros pero generalmente era provocada de manera inconsciente. Y en muchas ocasiones, el síndrome tenía fatales consecuencias, desembocando en la muerte por consunción de la victima.

Los principales transmisores de la enfermedad eran las mujeres, y entre ellas, las más ancianas; también eran temidas las brujas, porque al poder natural de la mirada femenina, se unía la malicia, es decir, que conscientes ellas del poder de su mirada, lo usaban para maleficiar a las personas. También fueron muy temidas por esta misma particularidad, las gitanas y, en general, cualquier persona extraña a la comunidad.

Para preservar a los niños de los efectos malignos de las miradas de los extraños, las madres solían colgar espejos en el cuello y los pelos de sus hijos pequeños; también se utilizaban amuletos y talismanes de origen árabe.

La enfermedad producida por mal de ojo se puede presentar de distintas formas, manifestándose comúnmente como dolencias que afectan al aparato digestivo y a la cabeza. Los trastornos se caracterizan por síntomas de inapetencia, desgana, decaimiento, ojos caídos, dolor de cabeza en todas sus facetas, etc. Cuando un individuo ha sido víctima del mal de ojo, lo que le sucede es que “se le para la comida en el estómago”; esto se denomina “empacho”. No obstante, como es obvio, dicho trastorno puede ser debido a causa distinta al “aojo”.

La Ligadura

La “ligadura” era un síndrome que se achacaba al efecto de un maleficio, debido al cual, el hombre afectado quedaba impotente para realizar el acto sexual. Como es natural, era un hechizo muy temido pues dejaba al hombre en muy mal lugar ante la sociedad y la familia.

Pero este hechizo también era útil para impedir cualquier acto, un casamiento, un parto, etc., y para su práctica bastaba con permanecer con las manos apretadas sobre la rodilla. Por esta razón, los familiares de una parturienta vigilaban para que ninguno de los presentes en el alumbramiento permaneciese sentado con las piernas cruzadas o con las manos o los dedos entrelazados.

La Posesión Diabólica

En los siglos pasados la posesión diabólica fue bastante común. En la Edad Media este estado hacía referencia a una dolencia fingida o real que debido al desconocimiento de las alteraciones mentales, se achacaban a la posesión por uno o más demonios, casi siempre debida a la acción maléfica de alguna hechicera que actuaba por cuenta propia o ajena. Los afectados por una posesión diabólica presentaban una alteración profunda del carácter; aparentaban conocer lenguas o cosas ocultas; reaccionaban violentamente ante la presencia de objetos consagrados, como el agua bendita, la hostia o la estola del sacerdote; maldecían; blasfemaban; hacían gestos obscenos acompañados con palabras soeces, etc.

Y como ocurre en todo el entorno supersticioso, existían especialistas en reconocer a los posesos y expulsar los espíritus invasores. La creencia en la posesión por demonios no fue patrimonio de las clases incultas, ni mucho menos, pues en muchas ocasiones, eran los propios médicos quienes diagnosticaban a sus pacientes como posesos, opinión que después debía ser corroborada por el sacerdote, confesor u otro eclesiástico, especializado. Pero, evidentemente, frente a estos profesionales autorizados, aparecen, ejerciendo una dura competencia, un sinfín de pícaros que decían poseer un “gracia” especial para conocer este estado, sin duda una divertida fuente para las aventuras de los personajes.