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A
partir de 1448, debido a las continuas quejas de los labradores
y ganaderos sobre los hurtos y embustes de los gitanos, comienzan
a aparecer disposiciones para expulsarlos del territorio nacional,
y en 1499 tienen lugar los primeros ordenamientos oficiales contra
ellos. En 1539 se dictan nuevas leyes contra los gitanos, asociados
desde este momento a otras gentes de mal vivir, y a partir de
1544 se insiste en la necesidad de marcar a los ladrones para
conocer si eran reincidentes; de esa forma se les podría
condenar sin temor a equivocaciones. En los siglos venideros,
las leyes serían aún más duras y se llegaron
a dictar órdenes de expulsión del país.
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Durante
todo este tiempo los gitanos se vieron acusados de una serie de
delitos que contribuían, aún más si cabe,
a su diferenciación como grupo; tales como, no ser cristianos
más que de nombre, pues no acudían a la iglesia;
vivir como animales; intercambiar sus mujeres o trocarlas por
enseres como si fueran mercancía; vender a sus hijos; comer
carne humana y ser expertos en magia negra y adivinación,
artes que dominaban especialmente las mujeres. |
Entre
toda la sarta de tópicos y malintencionados defectos imputados
a este pueblo, uno de los más repetidos fue su innata afición
a la hechicería, particularmente entre sus mujeres, lo
cual, en la mentalidad de la época, suponía una
estrecha vinculación con el demonio. Posiblemente debió
ser una estampa frecuente ver a mujeres gitanas abordando a la
gente en las calles y plazas de las principales ciudades, escrutando
el futuro en las líneas de la mano (la “buenaventuanza”)
y ofreciendo remedio para el “mal de amores” |
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En
ocasiones, como puede leerse de las sentencias del Santo Oficio,
aquella actividad servía de excusa para tantear al cliente
y prepararles para negocios de más enjundia, tales como
conseguir un amor imposible, resolver pleitos, sacar un tesoro
encantado, etc. Aquellos incautos, cuya candidez corría
pareja con su codicia, averiguaban demasiado tarde que habían
sido víctimas de una simple estafa. Y en las denuncias
al Santo Oficio siempre salían a relucir las artes maléficas
de las que se habían servido dichas mujeres para engañarlos,
quizá para excusar su propia simpleza.
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Lo que podemos decir
es que realmente los gitanos sintieron una inclinación
por la magia pero no de forma especial sino en la misma medida
que cualquiera de las demás comunidades de España.
Ya sabemos que siempre se han lanzado acusaciones contra un
pueblo entero sobre todo cuando su aspecto o sus costumbres
no encajaban con las de la mayoría. Si bien cabría
apuntar que ningún otro pueblo sacó tanto partido
a un prejuicio social, convirtiendo su condición de “tribu
mágica” en un lucrativo medio de subsistencia.
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Aparte
de leer la buenaventura, una de las creencias supersticiosas asociada
a los gitanos es la que confería propiedades mágicas
a la piedra imán, conocida en su lengua como bar gachí.
Este mineral (magnetita), en su estado virgen, era utilizado como
uno de los amuletos más preciados y se le atribuían
poderes milagrosos. |
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Por
último, también se conoce la utilización
de una planta que los gitanos llamaban “Raíz del
buen Barón”, aludiendo este nombre al demonio. Al
parecer, se cree que es perejil y la utilizaban las hechiceras
para librar a las mujeres de embarazos inoportunos, haciendo bajar
la regla (aún hoy día estas profesionales siguen
recomendando a sus clientes esta planta como un eficaz remedio
abortivo). |
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