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Desde
la Edad Media, la población cristiana identificó
a los judíos con las artes maléficas, imagen que
hizo eco en la literatura de la época; sin embargo, resulta
un poco imprudente prestarle mucha atención a este tópico
que, por otro lado, podría ser un aspecto más del
intento de demonización de este pueblo. No quiere decir
esto que los hebreos, como otros tantos pueblos, no sintieran
inclinación a las artes mágicas, pues las numerosas
referencias y prohibiciones que aparecen en la Biblia y en el
Talmud son una muestra palpable de que dichas prácticas
eran frecuentes.
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De
hecho, en el Talmud, donde se recogen anécdotas, discursos
y enseñanzas de los grandes maestros y sabios de Israel,
algunas enfermedades como las anginas y el asma son asociadas
a la acción de demonios malignos masculinos (scedim) o
femeninos (lilith); otras, sin embargo, podían ser provocadas
por palabras mágicas, pasar por determinados lugares, por
la mirada de una tercera persona, etc., cualquiera de estas acciones
podía acarrear la muerte del paciente si no se le curaba
pronunciando las fórmulas mágicas apropiadas a cada
caso o aplicando al cuerpo pedazos de pergamino con inscripciones
bíblicas. También refiere dicho libro que los sacerdotes
pueden curar mediante la imposición de manos. |
Las
duras leyes con las que las autoridades religiosas castigaban
la práctica de la magia, hizo que ésta tuviera,
como en el mundo cristiano, carácter clandestino. Pero
a pesar de las prohibiciones, la magia prosperó en la medicina
popular y en las creencias del pueblo en forma de supersticiones. |
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Pero
también reapareció entre el sector culto por obra
de individuos dedicados al estudio de los libros sagrados en su
intento de encontrar el sentido oculto de la vida. La búsqueda
de lo misterioso y recóndito dio lugar a una mística
que se conoce como Cábala, cuyo misterioso origen es fruto
de dos leyendas distintas.
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El propósito de la especulación cabalística
es la búsqueda de la significación secreta y simbólica
de las palabras del Antiguo Testamento, y la explicación
de la creación del mundo y del conocimiento del misterioso
trono divino. Por razones lógicas, dicha doctrina sólo
estaba reservada a un grupo de iniciados.
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Existen
tres métodos para la investigación cabalística;
el primero, llamado Gematria, consiste en buscar la significación
de las palabras, bien punteando las consonantes de forma diferente
para obtener palabras distintas o bien cambiando las palabras
en números. Dado que en la escritura hebrea cada número
equivale a una letra, cada palabra posee una significación
numérica, y sumando el número obtenido de una palabra
se puede obtener una cifra idéntica para palabras de distinta
significación. |
El segundo
método se denomina Nutriqum, y consiste en considerar
cada letra de una palabra como inicial del otra, y así
cada vocablo da origen a una proposición. También
se puede actuar a la inversa, formando palabras a partir de
la primera letra de cada palabra o frase, o las últimas.
El último
método, llamado Temurá, consiste en intercambiar
varias letras según una tabla criptográfica, en
la cual cada letra corresponde a otra.
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Esta
disciplina cautivó a gran número de filósofos
y magos de toda Europa sin distinción de raza. El aura
misteriosa y esotérica que envolvía a sus practicantes
alcanzó a otras esferas del mundo hebreo, y quizás
impulsó la creencia en el poder mágico de los
rabinos, a quienes el vulgo consideraba capaces, no sólo
de conjurar y dominar a los demonios, sino de dar vida a cadáveres
y a seres artificiales. No
en balde, esta ciencia daba a conocer el mundo inferior, donde
residían los demonios y las fuerzas oscuras, así
como sus nombres, poderes, atribuciones, y organización
jerárquica, lo cual constituía una gran ayuda
para los magos que osaban relacionarse con dichas entidades
tanto a la cultura judía; el Sello de Salomón
o la Estrella de David, por ejemplo, aún son utilizados
por magos de todo el mundo occidental para invocar a los espíritus,
y como signos de protección.
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