Cataluña
La conquista de las Islas Baleares y la intensa participación de la marina catalana en la expansión mediterránea de la Corona de Aragón testimonian el auge del comercio catalán ya en el siglo XIII, proseguido en la centuria siguiente y teniendo a Barcelona como núcleo rector, aunque de él se benefició todo el país y numerosos puertos menores, como Sant Feliu de Guíxols, Palmaos, Blanes, Tarragona o Tortosa.
Con las Baleares se mantuvieron intensas relaciones, mientras que Cerdeña y Sicilia proveían de granos a Cataluña, a cambio de paños. De Nápoles se importaban vinos, aceite, trigo y esclavos también por paños y merecería.

A pesar de las prohibiciones papales los catalanes comerciaron con el Norte de África y Egipto, llevando maderas, hierro y telas si bien hacia el siglo XIV este comercio decaería.

Pero todavía a finales del siglo XIV el viejo esquema de productos orientales (especias, esclavos, algodón, azúcar, alumbre) a cambio de tejidos occidentales seguía siendo la base de la prosperidad de Barcelona.

Otros trayectos muy frecuentados por los catalanes en estos siglos fue el de Cerdeña y Sicilia, al que se añadió Nápoles en el siglo XV, estrechamente vinculado con el de Levante, pero de importancia económica inferior. Ambas islas eran llaves que controlaban el mar Tirreno.

Pero desde 1432 el comercio marítimo barcelonés inició una etapa descendente, lo que ha llevado a hablar de crisis, esgrimiéndose todo tipo de razones para explicarla: pérdida de mercados tradicionales, competencia de los italianos, caída de los mercados norteafricanos y atlánticos, etc.

Hoy se busca la respuesta en la propia situación interna de Cataluña, que vio su agricultura desestructurada y no supo encontrar el modo de compensar las dificultades económicas externas, lo que no presupone que Barcelona no siguiera siendo un activo foco comercial vinculado al Mediterráneo, a pesar de haberse desplazado la supremacía a Valencia.