Mallorca

El comercio se convirtió en el eje motriz de la economía mallorquina bajomedieval. En estos siglos los contactos comerciales con el Norte de África siguieron siendo el fundamento del comercio mallorquín, incluso después de su anexión definitiva a la Corona de Aragón por Pedro el ceremonioso, que actuó como un estímulo y permitió la complementariedad de las operaciones de los mercaderes mallorquines con los catalanes y valencianos en dicha área.

A su vez, los primeros se lanzaron también a la ruta de Sicilia, que abría el camino de Oriente, disfrutando de privilegios comerciales en Cerdeña. Desde 1280 las flotas genovesas y desde 1313 las venecianas utilizaban Mallorca como escala en la ruta de poniente. Una carta náutica de la segunda mitad del siglo XIII señala 16 rutas que partían del puerto de Mahón.
Este comercio se vio impulsado por las empresas de la Corona de Aragón (Sicilia, Cerdeña, Grecia,...), donde los mallorquines contaban con consulados propios. Durante el siglo XIV el desarrollo de una industria textil propia y la producción de lana transformó a Mallorca en centro productor propio, mientras que comercialmente la isla alcanzó su máxima prosperidad entre 1318 1330.

Los registros del Ancoratge de 1341 muestran un predominio absoluto de la ruta norteafricana (37%), seguidos por los puertos catalanes, italianos, venecianos, sur de Francia, sardos, sicilianos y castellanos. Superada la crisis de mediados del siglo XIV, el norte de áfrica no perdió su papel primordial en el comercio mallorquín, en tanto que los operadores italianos estaban fuertemente asentados en la isla.

Se comerciaba con las ciudades marítimas e islas italianas, Cataluña, Valencia, Provenza, Granada, y en Levante mediterráneo con Alejandría, Romania (imperio bizantino), Chipre y Rodas, adonde se enviaban paños catalanes a cambio de especias. Los paños dominaban las exportaciones a áfrica, de donde se importaban cueros, cera y oro. De Sicilia se importaba trigo a cambio de textiles, mientras que a Génova y Savona se enviaba lana en bruto, sin olvidar la sal de Ibiza, objeto de atención preferente de los genoveses.

Pero a fines del Medievo se detectan síntomas de dificultades: en los abastecimientos, epidemias, crecimiento de deuda pública, etc, que no impidió que la confianza de los mercaderes en el comercio les llevara a erigir el magnífico edificio de la Lonja, mientras que la monarquía se veía obligada a intervenir para forzar la recuperación económica mallorquina.