Los Peligros del Mar

El mar siempre fue mirado con respeto por el hombre medieval y hacia él hubo un temor reverencial, en el que la realidad y la superstición andaban a la par. Por el mar venía la riqueza a través de la pesca o del comercio, pero también venían los piratas y los naufragios que truncaban vidas y fortunas. Por eso no era infrecuente que muchos mercaderes antes de partir dictaran su testamento o que embarcaciones y marinos llevasen el nombre de santos protectores.

En apariencia el Mediterráneo es un mar tranquilo, al menos comparado con la navegación por el océano Atlántico, y si bien podía levantarse alguna tempestad que de repente sembrara la destrucción, el principal peligro que pesaba sobre las relaciones mercantiles provenía de la piratería o la guerra de corso, cuyo incremento fue espectacular a finales de la Edad Media.

La piratería siempre estuvo perseguida y fuera de la ley, sin embargo, el corso estaba protegido o tolerado por la nación que abanderaba el buque y se recurría a él en todo momento, ya fuera en tiempos de guerra como de carestías u otras circunstancias adversas.

En la primera mitad del siglo XIII, la piratería occidental en el Mediterráneo era ante todo musulmana pero sería neutralizada con la toma de Mallorca por Jaime I. La expansión mediterránea de la Corona de Aragón por Cerdeña y Sicilia provocó el estallido del corso y de la piratería genovesa, mientras piratas cristianos de todas las nacionalidades atacaban el norte África.

Ya en el siglo XIV aumentaría la piratería portuguesa y castellana, desde sus bases en Ceuta y Cartagena.

Pero aunque esta práctica era muy perjudicial, las autoridades no supieron adoptar medidas suficientes para abortar este mal: envío de correos aviando del peligro, buques armados de vigilancia, atalayas y torres costeras, ect.
Aun así, en ningún momento se interrumpieron las rutas de navegación y los seguros marítimos cubrieron los riesgos de la navegación.