 |
El
Atlántico, por su parte, fue sede de islas maravillosas,
ya desde la Alta Edad Media, aunque la fe en su existencia se
renovó a finales del medievo, a medida que se exploraban
aquellas aguas oceánicas. Las Islas Afortunadas ya habían
sido descritas por autores de la Antigüedad (Homero, Hesíodo,
Plutarco), que las situaban más allá del Atlas.
Su clima templado, sus jardines y brisas perfumadas se combinaban
con una abundancia tal de bienes naturales que los hombres no
tenían que trabajar en ellas.
La leyenda se encuentra en muchos autores
medievales desde San Isidoro a Pedro de Ailly, y los mapamundis
de los siglos XIV y XV las representaban.
|
Así,
de nuevo, el Atlas Catalán, que las sitúa
más allá de la Insula de Canaria, acompañando
el dibujo con un breve apunte sobre su abundancia y carácter
paradisíaco que, de alguna forma, tocaba también a
las no muy lejanas Canarias: recordemos que, en 1344, el papa Clemente
VI había investido a Luis de la Cerda como Príncipe
de la Fortuna, refiriéndose a las Canarias, entonces
recién descubiertas.
|
También se
alzabam sobre las aguas del Océano, en alguna parte al oeste
de Irlanda, una o varias prodigiosas, donde los hombres no morían,
de manera que, cuando “son suficientemente viejos para morir,
se les lleva fuera de la isla” (Atlas Catalán). En
1467, el mapamundi de Benincasa multiplica el número, al
afirmar que hay un golfo en la costa occidental de Irlanda o Hibernia
con 357 islas benditas. |
|
 |
También
se emparenta con estas islas y las Afortunadas la isla de Avalón,
mencionada en la literatura de tema céltico desde mediados
del siglo XII, como lugar donde fue a morir al rey Arturo y especialmente
la de Brasil o Hy Bressail, figurada en los mapamundi de los siglos
XIV y XV al oeste o suroeste de Irlanda, y lo más notable
es que los cartógrafos del siglo XVI se empeñaron
en mantener su existencia. Incluso cuando el nombre ya se había
transferido al Brasil real, el de América.
La leyenda de la Isla de las Siete
Ciudades tiene un carácter diferente, pues las ciudades habrían
sido fundadas por cristianos huidos de la invasión musulmana
de Hispania, dirigidos por sus obispos. La leyenda se reavivó
desde el segundo tercio del siglo XV, en relación con la
busca de otra isla atlántica, la de Antilla.
|
Un
relato portugués de 1447 afirma que “un navío
que venía del Estrecho de Gibraltar fue conducido por una
tempestad a la Isla de las Siete Ciudades, identificada
por algunos con las Antillas; allí encontraron a los descendientes
de los cristianos huidos de la invasión musulmana en tiempos
de don Rodrigo, los cuales preguntaron si los moros dominaban aún
la Península; a su regreso, los navegantes trajeron consigo
una porción de arena que se comprobó tenía
mucho oro”. Que todo aquello se tomaba muy en serio lo demuestra
la merced de Alfonso V de Portugal a su consejero para que buscara
la isla, u otras cualesquier pobladas o por poblar, y se beneficiara
de su explotación. |
La
leyenda de la isla se transformó en América, dando
lugar a la de las Siete Ciudades de Cíbola, del mismo modo
que el País de Ofir se convertiría en El Dorado buscado
durante el siglo XVI por los españoles en el Nuevo Mundo
y por los portugueses en las tierras africanas del imperio de Monomotapa,
al noroeste de Mozambique, y las isla de los Reyes Magos, antes
de Salomón, acabaría ubicada en el Océano Pacífico. |
 |
En
general, América y el Pacífico fueron espacios donde
se localizaron nuevamente muchas leyendas medievales de tipo maravilloso,
paradisíaco, o simplemente, de geografía fantástica.
Y la fe en la existencia de islas soñadas, aunque se fue
desplazando del Atlántico y del índico hacia el Pacífico,
no decayó, como lo demuestra, entre otros, el libro del sevillano
Alonso de Santa Cruz, cosmógrafo de hacer catas y fabricar
instrumentos de navegación, y también cronista, titulado
Islario general de todas las islas, compuesto entre 1539 y 1541
y completado hacia 1560 por orden de Felipe II. |
|