Geografía Imaginaria en visperas de 1492: Islas del Atlántico

El Atlántico, por su parte, fue sede de islas maravillosas, ya desde la Alta Edad Media, aunque la fe en su existencia se renovó a finales del medievo, a medida que se exploraban aquellas aguas oceánicas. Las Islas Afortunadas ya habían sido descritas por autores de la Antigüedad (Homero, Hesíodo, Plutarco), que las situaban más allá del Atlas. Su clima templado, sus jardines y brisas perfumadas se combinaban con una abundancia tal de bienes naturales que los hombres no tenían que trabajar en ellas.

La leyenda se encuentra en muchos autores medievales desde San Isidoro a Pedro de Ailly, y los mapamundis de los siglos XIV y XV las representaban.

Así, de nuevo, el Atlas Catalán, que las sitúa más allá de la Insula de Canaria, acompañando el dibujo con un breve apunte sobre su abundancia y carácter paradisíaco que, de alguna forma, tocaba también a las no muy lejanas Canarias: recordemos que, en 1344, el papa Clemente VI había investido a Luis de la Cerda como Príncipe de la Fortuna, refiriéndose a las Canarias, entonces recién descubiertas.
También se alzabam sobre las aguas del Océano, en alguna parte al oeste de Irlanda, una o varias prodigiosas, donde los hombres no morían, de manera que, cuando “son suficientemente viejos para morir, se les lleva fuera de la isla” (Atlas Catalán). En 1467, el mapamundi de Benincasa multiplica el número, al afirmar que hay un golfo en la costa occidental de Irlanda o Hibernia con 357 islas benditas.

También se emparenta con estas islas y las Afortunadas la isla de Avalón, mencionada en la literatura de tema céltico desde mediados del siglo XII, como lugar donde fue a morir al rey Arturo y especialmente la de Brasil o Hy Bressail, figurada en los mapamundi de los siglos XIV y XV al oeste o suroeste de Irlanda, y lo más notable es que los cartógrafos del siglo XVI se empeñaron en mantener su existencia. Incluso cuando el nombre ya se había transferido al Brasil real, el de América.

La leyenda de la Isla de las Siete Ciudades tiene un carácter diferente, pues las ciudades habrían sido fundadas por cristianos huidos de la invasión musulmana de Hispania, dirigidos por sus obispos. La leyenda se reavivó desde el segundo tercio del siglo XV, en relación con la busca de otra isla atlántica, la de Antilla.

Un relato portugués de 1447 afirma que “un navío que venía del Estrecho de Gibraltar fue conducido por una tempestad a la Isla de las Siete Ciudades, identificada por algunos con las Antillas; allí encontraron a los descendientes de los cristianos huidos de la invasión musulmana en tiempos de don Rodrigo, los cuales preguntaron si los moros dominaban aún la Península; a su regreso, los navegantes trajeron consigo una porción de arena que se comprobó tenía mucho oro”. Que todo aquello se tomaba muy en serio lo demuestra la merced de Alfonso V de Portugal a su consejero para que buscara la isla, u otras cualesquier pobladas o por poblar, y se beneficiara de su explotación.
La leyenda de la isla se transformó en América, dando lugar a la de las Siete Ciudades de Cíbola, del mismo modo que el País de Ofir se convertiría en El Dorado buscado durante el siglo XVI por los españoles en el Nuevo Mundo y por los portugueses en las tierras africanas del imperio de Monomotapa, al noroeste de Mozambique, y las isla de los Reyes Magos, antes de Salomón, acabaría ubicada en el Océano Pacífico.
En general, América y el Pacífico fueron espacios donde se localizaron nuevamente muchas leyendas medievales de tipo maravilloso, paradisíaco, o simplemente, de geografía fantástica. Y la fe en la existencia de islas soñadas, aunque se fue desplazando del Atlántico y del índico hacia el Pacífico, no decayó, como lo demuestra, entre otros, el libro del sevillano Alonso de Santa Cruz, cosmógrafo de hacer catas y fabricar instrumentos de navegación, y también cronista, titulado Islario general de todas las islas, compuesto entre 1539 y 1541 y completado hacia 1560 por orden de Felipe II.