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Aquí
contaremos el maravilloso e inciático viaje del monje San
Brandán, verdadero Ulises cético, cuya existencia
está comprobada porque San Brandán fue un personaje
real. Monje en Conflert, vivió entre el 480 y 576 y seguramente
navegaría por el Atlántico, como otros monjes irlandeses
de su tiempo. Pero lo demás es ya todo elaboración
legendaria. La “Navigatio Sanct Brandani” fue puesta
por escrito en el siglo XI y no narra un viaje real sino que es
un “relato iniciático” que muestra cómo
se llega a la contemplación de la bienaventuranza, mediante
una travesía de siete años, cuajada de maravillas,
peligros y peripecias superadas providencialmente. |
La versión
más corriente del relate sería algo así: Brandán
recibe la visita del ermitaño y monje Barindo o Barinto,
que habla de la existencia del paraíso terrenal visitado
por él y por otros monjes. Brandán y 14 monjes más
emprenden su búsqueda a través del Océano.
A los cuarenta días de navegación desde Irlanda hacia
el trópico encuentran una escarpada “Isla de las Delicias”,
a la que sigue otra que surcada de riachuelos y poblada de carneros.
La Pascua de Resurrección la celebran los peregrinos sacrificando
uno de aquéllos a lomos de la isla-ballena; la de Pentecostés
lo fue en la “Isla de los Pájaros”, que encarnaban
ángeles castigados con el alejamiento del Paraíso
y trinaban maravillosamente; la Navidad en otra isla, habitada por
los cenobitas de San Patricio y San Alibeo. |
A partir de aquí
y durante siete años, este ciclo se repite y las fiestas
coinciden con los lugares del primer periplo, pero además
tienen lugar diversas aventuras en pleno océano, poblado
de monstruos marinos, y la arribada a otras islas; cerca de una
de ellas, los viajeros dieron muerte a un monstruoso cetáceo;
se descrien también la isla plana de los hombres fuertes
y otra, inmensa, poblada de ricos frutos (vides enormes) y gratos
aromas. Hacia el norte, la “Isla Rocallosa”, con lavas
y cíclopes, y la “Isla del Infierno”, con su
inmensa cumbre envuelta en nubes y llameante como una hoguera. |
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Hacia
el sur, la roca donde Judas padece interminables sufrimientos, Ls
“Isla Redonda”, habitada por un único ermitaño,
llamado Pablo y, por fin, la “Isla de los Santos” o
Bienaventurados, para llegar a la cual es preciso atravesar las
más negras tinieblas y donde cuarenta días duran lo
que uno solo. En ella contemplaron la primera zona del Paraíso,
el Jardín de las Delicias. Desde allí, transcurridos
ya siete años, San Brandán volvió a su monasterio
de Conflert. En diversos pasajes del relato, según otras
versiones, se menciona la Isla de las Siete Ciudades, y Tirnanoge,
el país de la eterna juventud, donde siempre los árboles
están verdes y la gente es moza. |
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Esta
especie de “Odisea monástica” presentaba aspectos
tan increíbles que autores del siglo XIII los consideraban
ya auténticos delirios. Y se ha discutido mucho sobre sus
fuentes de inspiración: celtas, persas, árabes o propias
de la tradición monástica latina. Pero sea como fuere,
este relato se leyó como un libro de viajes, donde cada isla
que se describía correspondía con la Geografía
real, hasta el punto de considerar la creencia de que efectivamente
existía una isla paradisíaca de San Brandán
o Borondón, sobre todo en Canarias, donde se la llegó
a considerar la octava isla encubierta y se organizaron varias expediciones
navales entre los siglos XVI y XVIII para alcanzarla. |
Este
tipo de viaje iniciático, que tiene como meta un lugar oculto
semejante al Paraíso, se ha repetido bajo muchas formas diversas..
Para realizarlo, es preciso siempre que el hombre trascienda su
propia racionalidad, anule el instinto de conservación en
aras e la consecución del objetivo del viaje, y llegue a
una situación límite en la que el cambio o devenir
temporal ya no existe, o apenas, y es posible una especie de re-creación
del ser y su acceso a un mundo de luz eterna. Y San Brandán
y sus compañeros rozan ese estado cuando atraviesan lugares
donde “cuarenta días duran lo que uno”. |
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