El Cielo
Se puede decir que hay una “historia del Cielo” o, mejor dicho, de cómo los cristianos lo han imaginado a través de los siglos, aun manteniendo los mismos elementos fundamentales. Y es una visión del cielo que desciende de San Agustín y que culmina en la obra de Santo Tomás, que dirá, que en el cielo hay “conocimiento beatífico”, contemplación eterna de Dios por los bienaventurados, imaginando que la eternidad está presente simultáneamente en cada instante del tiempo.

La eternidad sería algo así como el Presente perpetuo. Pero esta era una visión teológica demasiado abstracta para la mayoría de las personas, que entienden el amor como algo más emocional que intelectual. En el siglo XIII, más que en los anteriores, hubo quieres concibieron el cielo mediante una trasposición del los códigos del amor cortés a la plenitud del Más Allá y de la unión con Dios. Así, las monjas místicas presentan una imagen del Paraíso Terrenal, de los tres cielos, y de la “visión beatífica” reservada esta última a la virginidad femenina.

En fin, que durante la Edad Media, el cielo llegó a significar cosas tan diferentes como la ciudad eterna, la promesa del conocimiento de Dios y la promesa del amor, especialmente del amor a Cristo.

En cambio, durante los siglos XV y buena parte del XVI, se definieron otra vez las imágenes medievales en un contexto nuevo que apreciaba más la vida activa que la contemplativa, y recobraban vigor antiguas ideas, que habrían continuado vivas en Bizancio, e incluso en Occidente, donde se expresó la idea de un “paraíso d espera” en el que los bienaventurados permanecerían hasta su paso al cielo.
El cielo sería entonces algo distinto. Sin perder de vista su centro divino, el cielo se convirtió en algo más mundano, más humano, con una doble morada: el Paraíso-Jardín y la Jerusalén celestial. Así se representa por ejemplo en el Compendio de Revelaciones de Savonarola y en El Paraíso de El Bosco, donde se representa un barco y tiendas de campaña, lo que indica que hay vivienda permanente.
Al contrario que los santos medievales, que estaban sentados en rígida movilidad, los bienaventurados del Renacimiento se movían con libertad entre el jardín y la ciudad, y podían mantener su lugar dentro de la jerarquía celestial sin necesidad de estar por ello confinados en él. Los dos cielos existían simultáneamente para beneficio de los santos.
La separación del paraíso (morada de los bienaventurado) y del cielo (morada de la Trinidad) se corresponde con la distinción entre naturaleza y tradición, a pesar de lo cual, el paraíso no es exclusivamente pastoral.

En este cielo humanizado, habrá reencuentro con parientes y amigos, vida social, sin rígidas jerarquías de bienaventurados, existirá un nuevo tipo de vida activa, porque el movimiento es una facultad inherente a la libertad, sin que ello signifique imperfección o muerte.

Los teólogos y artistas renacentistas imaginaron así un cielo con una doble vertiente, que daba cuenta de la presencia majestuosa de Dios y, al mismo tiempo, permitía a los redimidos actuar como criaturas de dignidad independiente.

Los ángeles, que anteriormente eran consideraos de naturaleza exclusivamente espiritual, se han convertido en músicos que dan serenatas a las parejas de bienaventurados, los coronan con flores y los abrazan dándoles la bienvenida al cielo; incluso adquieren en el arte renacentista una apariencia más humana, mostrando en algunas pinturas rasgos claramente femeninos.