El Infierno y Purgatorio

Muchas visiones del Más Allá no se refieren al Cielo Sino al Infierno, o a ambos. Las referencias más importantes habrá que encontrarlas en los desarrollos del Evangelio, sobre todo hacia el año 400, así como en las representaciones medievales de los suplicios infernales, que se conocían en su mayoría a través de las “visiones” de Santos como San Patricio o San Pablo.

La descripción de los tormentos infernales suele hacerse según los distintos pecados cometidos y comprenden en muchas de estas visiones, elementos de localización que contribuyeron a formar tales imágenes sobre el Infierno, ubicado siempre en las profundidades de la Tierra, donde la materia es más densa y totalmente contraria a cualquier tipo de espiritualización.

Así, la ecuación: abajo-materia-oscuro-mal, se contrapone a: arriba-etéreo-luminoso-bien.

En algunos de esos relatos y visiones, sobre todo a partir del siglo XII, se perfila un “tercer lugar”, que no es el Infierno pero tampoco el Cielo. A veces se le conoce como “paraíso de espera” pero quedaría fijado el nombre de “Purgatorio”. Se insistía en que era una especie de “prueba” post mortem para purgar las penas que muchos difuntos no habían saldado en vida pero que, por su carácter y, sobre todo, por la fe de aquellos pecadores, no daban condena eterna.

Pero en definitiva, la idea del Purgatorio lo que hacía era aportar un matiz de tranquilidad, en la medida de poder controlar algo más el destino. El Purgatorio se transforma en un anexo de la tierra y prolonga el tiempo de la vida y de la memoria, amplía la posibilidad de gestionar la salvación, con ayuda de los rezos de los vivos, e incluso abre la puerta, aunque de modo excepcional y no reconocido oficialmente, a cierta comunicación con las almas de los difuntos, que podrían aparecerse para prestar su auxilio.
Según Dante, el Purgatorio está situado al nivel del suelo y desde él pueden verse las estrellas del firmamento. Es una montaña, formada por un espacio inferior ed recepción o espera, al que se accede por una estrecha puerta, y siete círculos cuyo diámetro disminuye según se asciende. En cada uno se purga un pecado capital –soberbia, envidia, ira, pereza, avaricia, gula, lujuria- y, al alcanzar la cima, se entra en el Paraíso, después de atravesar un último muro de fuego purificador.
En la obra de Dante se inspiró la iconografía del Purgatorio, que comenzó a desarrollarse tardíamente, desde el siglo XV. La del Infierno era anterior, lógicamente, y estaba casi siempre en relación con el Juicio Final, pero el impulso dantesco se percibe en representaciones tan conocidas como la del cementerio de Pisa, por ejemplo. Serían la base de una “pastoral del terror” de larga duración y fuente de inspiración para obras literarias, al igual que lo fueron también las creencias y representaciones del cielo y del purgatorio.