El Mundo

De nuevo los conocimientos griegos entre los siglos III y I antes de Cristo, pasaron a la Edad Media europea más o menos deformados. Se admitía que el mundo era esférico y este permitía situar la latitud y longitud de los diversos lugares. Sin embargo, errores como los de Ptolomeo, en el siglo II después de Cristo, cometió algunos errores que trascenderían posteriormente dado su prestigio y, así, sus hipótesis desanimaban a quienes proyectaban circunnavegar África para llegar a la India ya que según su hipótesis no se podía.

Y también se hacía más corto el trayecto marítimo desde Europa a Asia por la ruta del Oeste: Colón se fió de Ptolomeo y tuvo la suerte de encontrar un continente inesperado, los portugueses no, y asó pudieron llegar la India.
Los geógrafos de la Antigüedad admitían tan sólo la existencia de tres continentes, Europa, Asia y África rodeados por el Océano exterior y así lo siguieron haciendo los autores medievales, añadiendo que cada parte del mundo habría sido adjudicada a uno de los tres hijos de Noé tras el diluvio universal, y repoblada con ellos: a Sem le correspondió Asia, a Jafet, Europa y a Cam, África.
El mundo se dividía en climata o franjas paralelas, según su latitud: una ecuatorial o tórrida, que algunos consideraban inhabitable, dos templadas y dos polares y así se transmitió a la Edad Media. Se pensaba que las posibilidades de vida humana, y la misma forma de organizarse las sociedades e incluso el carácter y aspecto de las personas, dependía del clima que las sustentara, y ésta ha sido una idea repetida muchísimas veces y firmemente sostenida entre los autores medievales.
La existencia probable de tierras en el desconocido hemisferio sur llevó a imaginar la existencia de antípodas o antíctonos: ¿seres humanos o monstruos? Entre los pensadores cristianos, a partir de San Agustín, en el primer tercio del siglo V, la cuestión provocó algunas discusiones teóricas pues, si tales lugares eran inaccesibles, al estar separados del hemisferio norte por la infranqueable zona tórrida ecuatorial, y, sin embargo, estaban habitados, “¿cómo podrían aquellos hombres haber recibido el evangelio de Cristo y participar de su redención?” y, más todavía, “¿les afectaba o no lo que narraba la Biblia a partir del pecado original?. Y otro problema técnico: “¿cómo se sostienen en el globo terráqueo, ya que, al igual que las moscas caminan por el techo, ellos lo hacen cabeza abajo por el otro lado de la Tierra?”.
Se vertieron todo tipo de opiniones pero las más significativas describían monstruos habitantes en diversos lugares y fenómenos prodigiosos que llenaron la imaginación de los hombres medievales que concibieron una curiosa “geografía fantástica”. Aquella imaginación deformada fue muchas veces un obstáculo todavía mayor que la ignorancia para descubrir una verdadera configuración de la Tierra porque se convertía en inaccesible, por misterioso, lo que era, simplemente desconocido.
Y, sin duda, se desconocía mucho de esos tres continentes cuya existencia se admitía en los siglos medievales; los mejor informados conocen los Estados, pueblos, ciudades y ríos de Europa, entre el Mediterráneo y el Báltico. De África, aparte del Magreb y Egipto, se ignora casi todo hasta mediados del siglo XV (Etiopía, Sudán, Guinea eran nombres de contenido impreciso).
De Asia, las cruzadas dieron a conocer lo más cercano; en Septentrión se sitúan vagamente los reinos bíblicos de Gog y Magog. Hacia el Este y el Sur se extienden las regiones imprecisas denominadas “Las Indias”: la India Mayor, que corresponde a la península indostánica; la India Menor, más o menos Indochina; la India Meridiana, que va de Irán a Abisinia, a orillas de un Océano Índico que se considera un “mar cerrado”.
En realidad existía una gran imprecisión entorno a la India y dónde terminaba. Y aquella vaguedad medieval explica que los europeos hayan denominado después, como sabemos, “indígenas” o “indios” a los naturales de tantas tierras diferentes. La misma nebulosidad afectaba a China o Catay, a pesar de las descripciones de viajeros de la segunda mitad del siglo XIII, a partir de Marco Polo.