Las partes del Mundo, Jerusalén, El Arca de Noé, Gog y Magog
El pensamiento cristiano nunca destacó por su interés por la descripción física de la Tierra pero sí por la consideración simbólico-religiosa de algunos de sus aspectos o lugares, ciertos o imaginarios, y de sus habitantes. Es así por lo que puede resultar interesante situarnos en ese pensamiento simbólico, tan vivo en la Edad Media, para comprender mejor cómo se aproximaban los hombres al conocimiento del universo en general y de su mundo en particular.
Y la mención bíblica a los tres hijos de Noé, Sem, Cam y Jafet, pobladores de las tres partes del mundo, se transformó en la idea de que los europeos, descendientes de Jafet, eran superiores a los africanos o camitas. Por otra parte, la supuesta división del mundo entre los apóstoles, para predicar el Evangelio, llevó a adjudicar a cada uno diversos territorios: así se encuentra ya en las miniaturas que acompañan a los diversos manuscritos de los Comentarios al Apocalipsis de los siglos IX y XII.
Algunos autores opinaban que el centro de la civilización se había ido desplazando de Oriente a Occidente. Así se expresaba en el siglo IV y se repitió a partir del XII de nuevo, sobre todo al teorizar sobre el paso del poder imperial de unos a otros pueblos, desde Babilonia a Germania: “toda la sabiduría humana comienza en Oriente y acabará en Occidente”.
Un punto geográfico-simbólico de importancia capital era Jerusalén, centro del mundo físico al ser la ciudad sagrada, en torno al cual se ordena necesariamente el mapa de las tierras conocidas. Ni siquiera el mejor conocimiento concreto de la ciudad tras su conquista por los cruzados en el año 1099 sirvió para sustituir aquella imagen central de la Casa Santa en los mapas y reflexiones geográficas, sino que Jerusalén siguió siendo un símbolo:

“los caminos que irradian de Jerusalén, que conducen a las demás ciudades, a los lugares ordinarios de la humanidad, también pueden llevar a lis mismos viajeros a los más fascinantes lugares míticos” (Kappler).

De menor importancia, aunque también despertaron el interés de escritores y viajeros, eran otros puntos de la Tierra marcados por referencias bíblicas. Así, se pensaba que el arca de Noé habría encallado en lo alto del monte Ararat, en el Cáucaso. Y se entendía que el solar donde estuvo emplazada Babilonia, había de ser, necesariamente, un sitio maldito, fuente de terrores y monstruos.

Más temor inspiraba la existencia del país apartado o tierra de los pueblos bárbaros y feroces antropófagos de Gog y Magog, mencionados en la profecía de Ezequiel, a los que asimiló tardíamente a las diez tribus infieles de Israel: se les sitúa en algún lugar remoto del Noreste, a menudo en las montañas del Hindu Kush, actual Afganistán, siempre rodeados por un muro tras el cual los habría encerrado Alejandro Magno, sellando su puerta –es la gran puerta de hierro del Cáucaso- con el prodigioso producto llamado asiceto. Incombustible y resistente a cualquier filo o golpe. Sin embargo, aquellos pueblos y sus monstruos asociados, entre los que destacaban los cinocéfalos, lo desbordarían para invadir a la cristiandad en los últimos tiempos de la Historia, cuando apareciera el Anticristo. En el siglo XIII se les identificó por algún tiempo con los mongoles, apelando a una ligera transposición fonética: magog/ mongol.