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Si
hay lugares especialmente propensos a lo imaginario, son las islas.
Un universo cerrado, replegado en sí mismo, un lugar donde
lo maravilloso existe por sí, fuera de las leyes habituales
y bajo un régimen que le es propio: es el lugar de lo arbitrario.
Ya desde la antigua Grecia las islas son lugares predilectos para
las más extraordinarias aventuras humanas y divinas. En la
Edad Media, tanto en los textos escritos como en los mapas, las
islas proliferan más allá de toda medida: se llegan
a situar hasta doce mil en el Océano Índico. |
Al ser Asia una
tierra parcialmente mítica, cercana al Paraíso Terrenal
y al reino del Preste Juan, todo es posible en ella, lo extraordinario
se convierte en real y lo mejor se codea con lo peor. La India era
para los occidentales el país de lo insólito. Y en
el Océano índico, lugar por excelencia de las islas,
se contaban, aparte de la de Ceilán (objeto de descripciones
fabulosas sobre su condición casi paradisíaca) y la
de Taprobana o Sumatra, otras muchas que los autores de relatos
de viajes mencionan o se inventan, como las de Bragina, donde las
gentes viven en castidad y austeridad, en severo régimen
comunitario, o la isla de Oxidrata, donde la gente vive desnuda
y practican una religión natural. |
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En
el Atlas Catalán de 1375, que sigue en este punto
a Marco Polo, se puede leer: <<en el mar de las Indias hay
7.548 islas, de las que no podemos detallar aquí las maravillosas
riquezas que contienen, oro y plata, especias y piedras preciosas>>,
aunque sólo dibuja las de Ceilán, Caynam y Taprobana.
La interpretación de este
“horizonte onírico” no deja de contener el sueño
de la riqueza, el de la exuberancia fantástica y el de la
proliferación de los seres monstruosos. La visión
imaginaria, al mismo tiempo, de un mundo diferente, extraño
tanto en sus delicias como en sus tabúes pero, en todo caso,
sujeto a menos reglas, un mundo abierto a lo desconocido y a lo
infinito.
En definitiva, los hombres del Occidente
medieval vieron en el Océano Índico un anti-Mediterráneo,
antítesis de su civilización y racionalización.
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Y como
no todo son puntos buenos y fascinantes, también en el continente
asiático se situaban espacios peligrosos, como el desierto
del Gobi, llamado de Lop o de los Demonios, o Valle Peligroso, en
los relatos de Marco Polo, donde el viajero corría el peligro
de perderse y morir sin encontrar la salida, atraído por
las llamadas de los seres infernales y por el maligno afán
de hallar oro y otras riquezas. |
Otro
lugar temible era la residencia del Viejo de la Montaña,
falso paraíso donde, según los autores, aquel malvado
drogaba, engañaba y entrenaba a jóvenes asesinos enviados
luego a matar: en este caso, la leyenda tiene una base real, que
es la existencia de la secta ismaelita nizarí de
los assasins, dueña de algunas fortalezas, en especial
la de Alamut cerca de la orilla sur del Caspio, y sus actividades
terroristas durante el siglo XII en el Iraq selyúcida y en
Palestina. |
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