El Paraíso Terrenal y la Nostalgia del Paraíso
Pero el afán mayor era localizar la ubicación del Edén o Paraíso Terrenal pues, aunque fuera inaccesible, su existencia física constituía una prueba irrefutable del relato bíblico. Las tradiciones medievales recogen tanto las judías (el Jardín del Edén, situado en Oriente) como algunos aspectos de las greco-romanas que transmitían la memoria de la Edad de Oro, cuando los hombres habitaban en las Islas de los Bienaventurados, en los Campos Elíseos o en las Islas Afortunadas.
Aquellas imágenes paradisíacas giraban en torno a algunos elementos principales:

el Jardín, jardín de las delicias con una fuente en su centro, locus amoenus, a menudo cerrado (hortus conclusus), otras veces pensado como una naturaleza en estado salvaje maravillosamente dotada o como el entorno pastoral del hombre.

Los autores cristianos pasaron de una concepción simbólica del Paraíso Terrenal a otra realista e “histórica” entre los siglos II y VII. Los medievales, desde luego, sólo glosaron esta última. Todos lo imaginaban en un punto elevado, siguiendo la tradición universal que considera a unas u otras montañas como lugares sagrados; también la localización judía lo situaba en un monte de la parte del mundo correspondiente a Sem, en un punto extremo del Oriente asiático, “donde se unen los confines de la tierra y el cielo”.

Sin embargo, una minoría lo situaba cerca del Polo Norte porque, se decía, los nórdicos o hiperbóreos eran los más felices y longevos de los hombres; a esta opinión parecen adscribirse los autores que afirmaban la extrema longevidad de los habitantes de Hibernia o Irlanda, y el mismo Cristóbal Colón cuando atribuye al globo terráqueo cierta forma de pera para que el Paraíso estuviera en la parte superior y prominente.

Del Paraíso, en fin, saldrían los cuatro ríos principales del mundo: Nilo, Tigris, Eúfrates, Indo o Ganges.

El mismo Colón pensó que había alcanzado uno de ellos cuando descubrió la desembocadura del Orinoco, argumentando que, pues se hallaba en el extremo oriental, el Paraíso no debía estar lejos y tan gran río, escribe, si de allí del Paraíso no sale, parece aún mayor maravilla, porque no creo que se sepa en el mundo de río tan grande y tan hondo.
La “nostalgia del Paraíso” acompañó muchas imaginaciones, viajeras o no, durante siglos. El Paraíso era inaccesible, es cierto, pero había dejado huellas o elementos en algunos puntos del mundo, donde la Naturaleza se mostraba como un jardín maravilloso y las gentes parecían buenas, incluso en su salvajismo y desnudez.
El primer aspecto, la Naturaleza como jardín lleno de prodigios, lo hallamos bien expuesto en la descripción de Ceilán por el viajero Jordán de Séverac a comienzos del siglo XIV. Desde allí, afirmaba otro viajero, Giovanni Marignoli, que en los días claros se podía entrever en ocasiones el Paraíso, e incluso afirmaba haber visto la huella del pie de Adán en una montaña cingalesa.
Los dos aspectos juntos, el natural y el humano, se manifiestan en las primeras descripciones caribeñas de Colón, ante la naturaleza de La Isabela, donde son todos verdes y las hierbas como en el abril en el Andalucía, y el cantar de los pajaritos que parece que el hombre nunca se querría partir de aquí... o ante los indios de La Española, que no hay mejor gente ni mejor tierra: ellos aman a sus prójimos como a sí mismos, y tienen un habla la más dulce del mundo y mansa, y siempre con risa. Andan desnudos, hombres y mujeres, como sus madres los parieron, mas crean Vuestras Altezas que entre sí tienen costumbres muy buenas. La idea del Buen Salvaje tiene que ver en alguno de sus aspectos con la herencia viva del Paraíso Terrenal en este mundo.