El Preste Juan
Una de las leyendas más importantes del medievo fue la relativa al Preste Juan, un poderoso rey cristiano cuyos dominios estaban situados en el Oriente, cerca ya del Paraíso Terrenal. Sin embargo, las primeras referencias apuntaron hacia el Zan (Juan) etíope, que, además, era preste, porque se le ordenaba diácono cuando accedía al trono, pero la ubicación en Asia triunfó hacia 1165, cuando llegó a Occidente noticia de la existencia del supuesto reino del Preste Juan, en algún lugar del Oriente asiático, poblados por cristianos descendientes de los que evangelizara Santo Tomás, próximo a las tierras de Gog y Magog.
Asia era, para la imaginación de los europeos, un espacio más adecuado que África; además, las cruzadas habían facilitado algunos contactos y ya en 1122 había acudido a Roma cierto “arzobispo de la India” formando parte de la embajada bizantina.
También de Bizancio vino la noticia del Preste Juan, bajo la forma de una carta que había dirigido a su emperador Manuel II describiendo la magnificencia, riqueza, orden y paz de su corte, ciudad y reino, lo que hace de ella un testimonio excelente cómo imaginaban las maravillas de Oriente los bizantinos, pues el texto fue obra de un eclesiástico griego, hacia 1165 o, desde luego, antes de 1177, año en el que el papa Alejandro III escribía a nuestro querido hijo en Cristo, ilustre y magnífico rey de las Indias, considerándolo como posible aliado en los intentos de combatir al Islam y consolidad asó el dominio sobre los Santos Lugares, pese a que su condición de rey-sacerdote, monocracia desconocida en occidente, debía inspirarle poca confianza, porque era el mejor ejemplo imaginable de una realeza sagrada refractaria a cualquier reconocimiento de la superioridad pontificia.
Desde luego, la leyenda consolaba algo a los occidentales, que habían perdido Edesa, en 1144, e incluso es posible que tuviera como base un suceso real, la victoria de los Kara-Khitai sobre los turcos seldyúcidas en Samarcanda (1141). El hecho es que los primeros rumores, desde 1145, y la carta aparecieron en un momento en que había una poderosa propensión a creer la historia que se contaba, y que muchos de sus detalles describían el tipo de maravillas que los europeos esperaban encontrar en Oriente.

Pero lo que más importa aquí es señalar la persistente creencia en el fabuloso personaje, creencia que no decayó a pesar de los testimonios de viajeros a Oriente, desde mediados del siglo XIII, que afirmaban no haber encontrado al Preste Juan ni oído hablar de él.

La descripción que hace uno de los viajeros a mediados del siglo XIV es suntuosa en detalles, y coinciden con otros en convertir también al Preste Juan en vigía para que no salgan de su reducto los pueblos de Gog y Magog. No le va a la zaga otro escrito del siglo XV titulado Nuovelles de la terre de Preste Jehan, ni el relato del fantástico viaje del infante don Pedro de Portugal (hacia 1420) que habría residido en la corte del gran rey y pretendido ir incluso más allá, hasta el mismo Paraíso Terrenal.
Por entonces, sin embargo, la intensificación de los contactos con Etiopía impulsó a ubicar de nuevo en ella al Preste Juan (así lo habían sugerido ya viajeros a la India de comienzos del siglo XIV y así se vio ya reflejado en algunos mapamundis) y a Etiopía dirigió misioneros jesuitas San Ignacio de Loyola, a mediados del siglo XVI, con ánimo de conseguir una alianza contra el Islam y la obediencia del Negus a la Iglesia Romana. Pero la referencia asiática al Preste Juan en las tierras de “la India”, tardó en desvanecerse.