Mirabilia: Monstruos y Prodigios
A la imprecisión de lo lejano se unía la imaginación de lo monstruoso como antítesis que confirmaba la normalidad de lo habitual, lo que es casi una necesidad constante de la mente humana. Desde época romana y hasta en lugares tan lejanos como China, se hacía referencia a una serie de monstruos o fenómenos que se han venido catalogando y recogiendo en diferentes obras (Nota: estos “monstruos”no tienen del todo que ver con el bestiario oficial de Aquelarre, si bien hay algunas coincidencias, la mayoría no dejarán de ser personas enfermas o deformes pero nada impide que puedan aparecer sin más en una partida).
La creencia en monstruos y prodigios forma parte de la aceptación de lo maravilloso (mirabilia) y se sitúan en lugares extraños y ajenos, nunca en los propios. Pero esta cuestión no se limita a mera curiosidad o distracción sino que es un aspecto fundamental de las mentalidades colectivas de aquellos tiempos. Para el hombre medieval, lo maravilloso tiene no una finalidad de evasión sino de perfeccionamiento de su ser. Dilata su mente hasta las fronteras del riesgo y de lo desconocido, ensanchando y perfeccionando lo real. En definitiva, lo extraño hace asombrarse de la creación y la creatividad infinita de Dios y el hombre.

Para el pensamiento eclesiástico medieval lo maravilloso era natural aunque extraño, ni milagroso-sobrenatural ni mágico-diabólico, de modo que formaba parte de este mundo: “llamamos maravillas a cosas que no se sujetan a nuestro conocimiento, aunque son naturales”, escribía Gervais de Tilbury hacia 1210. El monstruo no juega un papel central, como en la mitología clásica ya que el hombre tienen su fe en Dios para “encontrarse a sí mismo” y la obra de Dios. Estos también forman parte de la naturaleza, pero como una anomalía normal, un avatar necesario, inevitable y misterioso. Pero los monstruos serían en el fondo formas diferentes para el hombre normal.

Entre los “dominios de lo maravilloso” destacan por su importancia y número los lugares y países extraordinarios, y los monstruos humanos y animales por otro lado. En cuanto a los seres extraordinarios podríamos recoger cuatro tipos:

1. Seres humanos o humanoides con monstruosidades diversas: Blemmys (como sabemos, sin cabeza y con los ojos y boca en el pecho); astomori (con un pequeño agujero en lugar de la boca, capaces de alimentarse con el sentido del olfato); deslenguados; sciopodos (con un solo y enorme pie); monobrazos; panotios (dotados de inmensas orejas); monóculos o cíclopes; hombres con dos cabezas, dos cuerpos o diversos órganos duplicados. Gigantes; pigmeos; trogloditas bestiales; antropófagos; mujeres amazonas que viven islas separadas o pueblos aislados...
2. Híbridos de muy diverso tipo: como los unicornios; los dragones norteafricanos (nacidos del apareamiento de águila y loba); sus parientes los grifos (mezcla de águila y león); los basiliscos (con cuerpo de serpiente y cabeza de pájaro); las mortíferas manticoras (que poseen elementos del hombre, del león y del escorpión); los cinocéfalos; centauros; sirenas; mujeres serpiente...
3. Extraños productos de los reinos animal y vegetal: pájaros gigantescos como el ave rok; tortugas y caracoles gigantes; ratas y hormigas del tamaño de perros; serpientes enormes. Gallinas lanudas; corderos y ocas vegetales que nacen de las vainas de un árbol; árboles que producen hombres o mujeres a modo de frutos secos; raíces antropomorfas como las mandrágoras...
4. Fenómenos prodigiosos vinculados a volcanes (a los que se solía considerar como “pozos” del infierno) y terremotos; valles desiertos e infernales; zonas del planeta donde siempre es de noche o de día; piedras preciosas de extraordinarias propiedades; fuentes y lagos cuyas aguas daban juventud, la salud o convertían todo en oro; ríos y lagos cuajados de gemas...
Por último, recordemos que algunas de estas imaginaciones todavía influyeron sobre los exploradores españoles del siglo XVI en América o inspiraron a pintores de su tiempo como El Bosco.