La
creencia en monstruos y prodigios forma parte de la aceptación
de lo maravilloso (mirabilia) y se sitúan en lugares
extraños y ajenos, nunca en los propios. Pero esta cuestión
no se limita a mera curiosidad o distracción sino que es
un aspecto fundamental de las mentalidades colectivas de aquellos
tiempos. Para el hombre medieval, lo maravilloso tiene no una finalidad
de evasión sino de perfeccionamiento de su ser. Dilata su
mente hasta las fronteras del riesgo y de lo desconocido, ensanchando
y perfeccionando lo real. En definitiva, lo extraño hace
asombrarse de la creación y la creatividad infinita de Dios
y el hombre.
Para el pensamiento eclesiástico medieval lo maravilloso
era natural aunque extraño, ni milagroso-sobrenatural ni
mágico-diabólico, de modo que formaba parte de este
mundo: “llamamos maravillas a cosas que no se sujetan a nuestro
conocimiento, aunque son naturales”, escribía Gervais
de Tilbury hacia 1210. El monstruo no juega un papel central, como
en la mitología clásica ya que el hombre tienen su
fe en Dios para “encontrarse a sí mismo” y la
obra de Dios. Estos también forman parte de la naturaleza,
pero como una anomalía normal, un avatar necesario, inevitable
y misterioso. Pero los monstruos serían en el fondo formas
diferentes para el hombre normal.
Entre los “dominios de lo
maravilloso” destacan por su importancia y número los
lugares y países extraordinarios, y los monstruos humanos
y animales por otro lado. En cuanto a los seres extraordinarios
podríamos recoger cuatro tipos:
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