Los Relatos de los Viajes
El eco de los nuevos descubrimientos se encuentra igualmente en escritos de otros autores del siglo XIV, como Bocaccio o Chaucer, y por entonces se difundían relatos de viajes que contribuían también a la supervivencia de imágenes fantásticas, y no solo a la mejor y renovación de los conocimientos geográficos porque los viajeros mezclaban observaciones ciertas con comentarios y creencias que corresponden a su fantasía: sus descripciones de los mongoles y de China son, en general, muy ricas en detalles, y sorprende su escepticismo ante mitos arraigados, por ejemplo, el ya comentado del Preste Juan, o ante la común creencia en razas y seres monstruosos o anormales, pues suelen limitarse a señalar que han oído hablar de ello pero no lo han visto.
Peor fue la influencia de los que imaginaron sin ver, o de los añadidos que los transcriptores pusieron a los libros de viajes. El de Marco Polo, por ejemplo, aseguraba que trataría “de las grandes maravillas que hay en el mundo”, y en algunos manuscritos de los siglos XIV y XV, o en ediciones impresas, se incorporaban ilustraciones de monstruos, para atraer la atención del lector.

El libro de Marco Polo tuvo gran difusión, mucha más que la Flor des Estoires d´Orient, escrita por el príncipe armenio Hayton en Avignon (1307), pero todavía mayor la tuvo otro libro que es una mixtificación escrita en francés a mediados del siglo XIV por un inglés: en la obra, sir John de Mandeville relata su supuesta peregrinación por Tierra Santa, Egipto, Etiopía, India, Catay, Persia y Turquía.

Mandeville compendiaba todas las imaginaciones y maravillas contenidas en libros anteriores, y se conservan no menos de 200 manuscritos en francés de su viaje, y un centenar más en otras diez lenguas europeas. Tuvo, incluso, un imitador, el Itinerario de Johannes Witte de Hesse (1389), pero Mandeville era insuperable en la aportación de datos y como fabulador, capaz de mezclar las noticias más fantásticas con elemtos tomados de otros autores y tenidos por ciertos en las concepciones geográficas de su tiempo.

Otras descripciones tenían fines más pragmáticos o procuraban ajustarse algo a la realidad.

En el primer caso está el itinerario al Catay que incluyó Francesco Balducci di Pegolotti en su Practica della Mercatura, hacia 1230, para uso de los comerciantes. En el segundo, el Libro del conocimiento de todos los reinos, tierras y señoríos que son por el mundo, escrito por un franciscano de Sevilla, que es también una recopilación y no un relato de viajes, aunque como tal lo presente su autor en primera persona. También son de interés los compendios y traducciones hechos hacia 1380 por orden del aragonés y gran maestre de la Orden de San Juan, don Juan Fernández de Heredia.
La gran aportación del siglo XV, en sus comienzos, fue el descubrimiento y traducción de la Geografía de Ptolomeo, utilizada inmediatamente por diversos autores como Pedro de Ailly, que aún no la conocía cuando escribió su Imago Mundi en 1410 pero sí cuando redactó el Compendium Ccosmographiae, en 1414. Los aciertos, y también los errores, del autor helenístico influyeron mucho en los debates teóricos y en el planteamiento de exploraciones durante todo el siglo, y se dejaron notar en el desarrollo de la cartografía, por los mapas que contenía.
Por ejemplo, el cálculo de Toscanelli sobre la distancia entre Europa y Catay por la ruta del Oriente, basado en Ptolomeo, influyó decididamente en el proyecto de Colón.