Fue
siempre un hombre contundente y firme defensor de la ortodoxia
cristiana y trataría de atraerse por medio de su influencia
política la ayuda de Francia en esta lucha. Y ante los
alborotos desencadenaos en los Países Bajos, debido a la
difusión del calvinismo, el duque del Alba se mostró
partidario de una acción militar contra los rebeldes.
Felipe
II se decidió finalmente por esta línea, a pesar
de que la gobernadora, Margaria de Parma, había conseguido
dominar la revuelta. Llegó a los Países Bajos a
fines de 1567 y distribuyó las tropas por los lugares estratégicos.
Poco después convocó a los principales miembros
de la nobleza, y a la salida del consejo prendió a cuantos
habían manifestado una actitud recelosa ante el Gobierno
español.
Estableció
el Tribunal de los Tumultos, conocido popularmente como el Tribunal
de la Sangre, que empezó a actuar al margen de las leyes
de las tradiciones locales. Los principales opositores fueron
ejecutados, y siguieron los arrestos en masa, la confiscación
de bienes y, en definitiva, la implantación sistemática
de todo tipo de medidas represivas.
A
fines de 1569 el duque de Alba aparecía como el brillante
vencedor que había restablecido la dominación española
y la ortodoxia, unidas de forma indisoluble. Pero este aparente
triunfó muy pronto se derrumbó. Por una parte, las
dificultades financieras le obligaron a imponer nuevos tributos,
especialmente la alcabala, lo que provocó un gran descontento
entre la población. Por otra parte, se organizó
una resistencia desde el exterior, con el apoyo de los hugonotes
y de Inglaterra. El duque de Alba dirigió sus tropas contra
Haarlem, centro del calvinismo, que sólo pudo ocupar (1573)
después de graves pérdidas.
Pero a pesar del brutalidad utilizada,
la resistencia al dominio español se generalizó
en todo el territorio y Felipe II comprendió finalmente
que la política intransigente preconizada por el duque
del Alba había fracasado y que sólo con unas medidas
más flexibles podría recuperarse la autoridad real
en los Países Bajos.
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