El Alumnado

Igual que el profesorado, el alumnado también fue aumentando en número según se fue haciendo más habitual el acceso a los estudios universitarios. Así, por ejemplo, la universidad de París contaba hacia fines del siglo XIV con alrededor de 10.000 estudiantes cuando en sus comienzos apenas contaba con un centenar.

Predominaban claramente los alumnos pertenecientes al estamento eclesiástico, aunque también en muchos casos, tan sólo habían recibido la tonsura.

Su presencia se veía además favorecida por la existencia de rentas y beneficios eclesiásticos que les permitían financiar sus estudios, y era estimulada por las posibilidades que ofrecían de conseguir una buena carrera eclesiástica.

Los alumnos laicos no eran excesivamente numerosos, aunque esta tendencia empezó a invertirse a partir del siglo XV, y sobre todo en relación con estudios de mayor orientación utilitarista, como los de Derecho o Medicina.

Los alumnos tenían una procedencia geográfica muy variada, de acuerdo con el carácter internacional y cosmopolita que tenían las universidades a lo largo del Medievo, sobre todo, los que acudían a ellas atraídos por su fama eclesiástica.

También era diversa su procedencia socio-económica, pues se puede decir que todas las clases sociales aportaron alumnos al mundo universitario. Destacaban los alumnos procedentes de clases medias, sobre todo de las instaladas en las ciudades, pero tampoco se han de olvidar los estudiantes de las clases más humildes, ni los pertenecientes las nobleza.

Y estas diferencias socio-económicas se hacía muy patentes entre el alumnado. Aquellos que disfrutaban de una posición económica más sólida acudían a las universidades rodeados de familiares y criados; habitaban en alojamientos cómodos, espaciosos y bien situados; podían acceder sin problemas a todos los libros de texto, contaban con la ayuda de profesores particulares y se integraban fácilmente no sólo en la vida universitaria, sino también en la vida urbana gracias a sus contactos e influencias.
Distinta era la situación de los estudiantes pobres, cuya presencia era sumamente habitual. Llevaban una vida bastante precaria, aunque muchos de ellos (los más afortunados) lograban algún beneficio o renta eclesiástica para ayudarse en sus gastos. Si no conseguían estas ventajas, se veían obligados a desempeñar trabajos muy diversos para conseguir los medios económicos de los que carecían. Trabajaban como criados, para estudiantes ricos o para otras personas; como copistas de libros, o bien recurrían a la venta y alquiler de sus apuntes de clase; se convertían en profesores de otros alumnos o se dedicaban a la mendicidad.
Y uno de lo más graves problemas a los que debían enfrentarse estos alumnos carentes de medios era el de encontrar un techo bajo el que cobijarse. Aunque las autoridades de ciudades con carácter universitarios solían dictar normas para abaratar el alquiler de casas y habitaciones para estudiantes, estas normas no siempre se cumplían.

Para remediar este problema nacieron los colegios mayores que, dependientes de las diversas universidades, permitían, además, un mejor control disciplinar a los estudiantes y acogían a los estudiantes más pobres a cambio de la realización de una serie de deberes, que se regulaban en los correspondientes estatutos.