Los Ciclos de estudio y la colocación de los Grados
El ciclo estudiantil presentaba diferencias según las diversas universidades, aunque muchas de ellas se acogieron al adoptado y desarrollado por la de París, que –una vez mas- se convirtió en modelo a seguir. En París, los estudios se comenzaban en torno a los catorce años, edad que compartían la mayor parte de los alumnos que se iniciaban en la facultad de artes. Estos alumnos provenían de centros de enseñanza de carácter elemental, poco y mal conocidos.
Este primer ciclo estudiantil duraba seis cursos, que solían corresponderse con otros tantos años; tras finalizarlo, cada estudiante había de examinarse ante un tribunal formado por miembros de las distintas naciones, con objeto de obtener así el título de bachiller, que le permitía iniciarse en la docencia, bajo la tutela de uno de los maestros de la facultad. Además, tras obtener dicho título tenían un plazo de un año para sostener una disputa sobre un tema a su elección, apoyado por su mentor.
Tras dos preceptivos años de docencia, el bachiller accede al título de licenciado, después de obtener la correspondiente “licentia docendi”; el así licenciado está obligado a dar una lección inaugural ante los otros licenciados y ante los bachilleres, seguida a veces de un pequeño banquete.

Así, hacia los veintidós años, los estudiantes podían continuar –si lo deseaban- sus estudios en otra facultad: bien en las de Derecho o Medicina, que suponían habitualmente, otros seis años de estudio, bien en la facultad de Teología, que implicaba otros doce años de estudio.

En esta última el grado de bachiller bíblico se alcanzaba tras el quinto curso; posteriormente, después de consagrar dos cursos al análisis y enseñanza de las Sagradas Escrituras, se conseguía el título de bachiller sentenciario. A partir de ese momento, el estudiante debía centrarse en la enseñanza y el análisis de las Sentencias de Pedro Lombardo, tarea que primero duraba dos años, y tan sólo uno desde finales del siglo XIII. Esto le permite convertirse en bachiller formado.
Aún quedaban tres años más de estudios, dedicados ya a la enseñanza de la teología, que culminaban con la obtención de la “licentia docendi” y –por tanto- con el acceso al título de licenciado, lo que implicaba realizar un examen ante los maestros de teología, presididos por el canciller, que representaba al obispo. Posteriormente, podía doctorarse en el transcurso de una ceremonia solemne, con carácter primordialmente protocolario. En la misma, el doctorando se limitaba a impartir una lección magistral, tras la cual recibía los signos de su titulación (cátedra, libro, birrete y anillo) y juraba los estatutos de la universidad. Después, ofrecía un banquete a sus pares.
No todos los estudiantes que frecuentaban las aulas universitarias obtenían los correspondientes títulos académicos; muchos de ellos abandonaban la universidad antes de conseguir alguno, pues los estudios superiores eran, además de largos, muy caros. Tan solo a partir del siglo XV comienza a invertirse esta tendencia, en relación con una mejor valoración de los grados académicos.
Aspecto fundamental era la facultad que tenían algunas universidades para conceder una titulación dotada de carácter internacional, que permitía al así titulado ejercer en cualquier rincón de la cristiandad. Esta “licentia ubique docendi”, o “licentia ubique terrarum”, era concedida, en un principio, tan solo por los Papas, que gratificaban con ella a las universidades que se encontraban bajo su protección; posteriormente, y previo permiso pontificio, emperadores, e incluso reyes, gozaron también de esta prerrogativa.