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Se considera que
la de París es, desde un punto de vista cronológico,
la primera universidad que se constituyó como tal, entre
finales del siglo XII y comienzos del XIII. París sentó
precedente que iba a ser seguido en el futuro por otras universidades,
que la tomarían como modelo de su organización y aspiraciones.
En los años finales del siglo
XII, París destacaba como uno de los focos esenciales de
la vida cultural europea, gracias a un clima de excelencia intelectual.
Este clima era propiciado por su escuela episcopal, pero también
por la presencia de maestros que se dedicaban a la enseñanza
tras la obtención de la “licentia docendi”. |
Su
fama como centro de enseñanza superior era tal, que a ella
acudían continuamente nuevos alumnos, ansiosos de penetrar
en los secretos del saber; muchos de ellos no se integraban en la
escuela catedralicia, sino que se convertían en discípulos
de los maestros que enseñaban fuera del marco de la citada
escuela.
Ya en esos años finales del
siglo XII, el movimiento asociacionista empezó a calar entre
los profesores que ejercían la enseñanza de la escuela
episcopal; así, fundaron el Consortium Magistorum Parisiensium,
que se convirtió en el precedente de la futura universidad.
Pero el hecho que precipitó su creación fue uno de
carácter trágico, fechado en el año 1200; en
esa fecha se produjo un altercado que fue duramente reprendido por
el preboste de la ciudad, representante del rey en la ciudad, y
que acabó con la muerte de varios alumnos.
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La
situación así creada provocó las quejas de
estudiantes y profesores situados al margen de la escuela catedralicia,
que se unieron para solicitar el castigo del preboste, y amenazaron
con suspender la enseñanza y abandonar la ciudad si el rey
no atendía s sus protestas.
Felipe
II Augusto se mostró conciliador y dispuesto a atender las
reclamaciones de los descontentos.
No sólo consintió
en castigar al preboste, sino que otorgó unos privilegios
a la universidad de maestros y alumnos; en virtud de los mismos,
se les apartó de la jurisdicción del preboste, para
situarlos bajo la del obispo, reconociendo su condición clerical.
Posiblemente, una de las razones que explica la rapidez de reflejos
con que el rey solucionó el conflicto es la admisión
del carácter eclesiástico de la enseñanza,
y, por tanto, el afán de no entrar en disputa con las autoridades
espirituales, y concretamente con el Papa Inocencio III.
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Pero
no habían terminado los problemas para la recién nacida
universidad. Profesores y alumnos no aceptaban de buen grado la
autoridad del obispo, que trataba de controlarlos a través
de la figura del canciller, que era su representante en la universidad. |
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Cansados de tanta
lucha, recurrieron al arbitrio papal, obteniendo el apoyo de Inocencio
III; éste, en 1209, permitió que maestros y estudiantes
redactaran unos estatutos, que, una vez jurados, habrían
de aplicarse a todos ellos. De esta forma se reconocía, implícitamente,
que formaban una corporación, que como tal merecía
cierta autonomía. En el año 1215, los estatutos fueron
otorgados por el legado pontificio Roberto de Courçon, por
cuyo nombre son conocidos. |
Pese
a esta protección pontificia, el enfrentamiento entre la
universidad y el obispo aún no había terminado; efectivamente,
los conflictos se suceden periódicamente, materializados
en diversas querellas, resueltas gracias a la intervención
papal, que en todo momento trata de imponer soluciones de compromiso. |
Fundamental
es la actuación de Gregorio IX, quien, en 1231, y en virtud
de la bula Parens Scientiarum, reconoce definitivamente
la autonomía de estudiantes y maestros; paralelamente,
el monarca Luis IX confirma los privilegios concedidos previamente
por Felipe II Augusto. Después de estos hechos, la universidad
de París alcanza definitivamente su madurez.
Indudablemente, París fue la institución
universitaria que jugó un papel más relevante durante
la Edad Media.
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En sus aulas enseñaron
los intelectuales más brillantes de los últimos siglos
del Medievo, como San Buenaventura, San Alberto Magno y Santo Tomás
de Aquino, que hicieron que París se convirtiera en el gran
foco de irradiación del saber teológico y fiolosófico.
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